lunes, 17 de diciembre de 2018

Tejer al margen

Imagen: Aaron Dana

Zapping
  •          Tejer al margen

Vladimir González Roblero

Uno
En una entrevista concedida al diario español El País en 2001 (leer aquí: https://bit.ly/2LlBRkD), y en otras ocasiones, George Steiner dice sobre la crítica:
“Lo que nunca podemos hacer es confundir el genio del creador con el trabajo del crítico. Pushkin dijo de sus traductores que eran los carteros. Por supuesto que es un trabajo estupendo, pero él los llamó así. Mi batalla es contra los posestructuralistas que han mezclado la importancia de la creación con el comentario literario. El libro viene antes. El señor Cervantes, el señor Lorca y el señor Shakespeare no necesitan al señor Steiner, pero el señor Steiner los necesita a ellos”.
Steiner recupera lo que siempre ha dicho sobre el crítico de arte, específicamente el literario: su trabajo está después y al margen de la obra, y no necesariamente es en sí mismo una obra de arte. En otro lado (aquí: https://bit.ly/2rGFCbF) también dice que solamente gracias al estilo, a una preocupación estética, la crítica puede convertirse en literatura. Hallamos entonces una frontera entre el periodismo y la literatura.

Dos
En una de esas orillas y postrimerías se ubica este comentario decimonónico de Emeterio Pineda en torno al arte en Chiapas:
“Las bellas (artes) están muy distante de nosotros; y como los que se dedican a cultivarlas viven y mueren muy pobres, sin obtener la más mínima distinción por su mérito, así es que la poesía y la elocuencia tienen aquí muy pocos alicientes”.
No es que Pineda, ipso facto, sea un crítico de arte. Más bien fue uno de los primeros geógrafos chiapanecos. El comentario apareció publicado en su libro de 1845 Descripción geográfica del Departamento de Chiapas y el Soconusco (libro completo aquí: https://bit.ly/2UPE3oV). Le sucede una brevísima descripción crítica de las artes en Chiapas hacia la primera mitad del siglo XIX. En ella califica la medianía de la pintura y la acústica, la inferioridad de la escultura respecto a la prehispánica, la grandeza de la arquitectura antigua, no la contemporánea, y la ausencia, aunque haya “algunos aficionados”, del “precioso arte de la relojería”.

Tres
La obra de arte también recupera lo que se teje al margen, o que no es propio de la obra. Ello implica algunas rarezas, incrustaciones que, a primera vista, parecieran fuera de lugar.
        En la serie Narcos de Netflix, la secuencia que muestra cuando Pablo Escobar Gaviria manda a la mierda su clandestinidad, está musicalizada por una vieja rola de El Tri, “Otro pecado” (mira: https://bit.ly/2QYw0Hh). Cada una de estas obras, la serie y la música, tienen sus propios centros y márgenes. Hechuras y críticas. Una se sirve de la otra, tejidas en lugares distintos y distantes.
      La banda sonora de la serie es diversa, como lo es su creador: Pedro Bromfman. “Siempre he sido un músico muy ecléctico y necesito alimentar mi deseo de reinventarme e intentar crear música diferente para cada proyecto”, ha declarado al respecto (lee: https://bit.ly/2A2WsFW).
        En Narcos la música no impone el ritmo colombiano, el vallenato y las cumbias, e incorpora sonidos latinoamericanos con toques de jazz y de rock, aunque éste parezca ajeno. Pero esta extranjería es una ilusión. La letra de la canción de El Tri, y el rock, acentúan el acto de valemadrismo en la escena.

Cuatro
Un debate viejo y vigente en las artes y humanidades está en la transdisciplinariedad. Tejer implica halar de los márgenes y también construir en las orillas. Con esto quiero decir que la creación y la investigación no implican ser el centro.
No hay novedad sino actos recursivos. En un principio, dirán quienes se preocupan por el origen, los lugares de producción y enunciación fueron los mismos. El conocimiento, las artes, la filosofía, incluso la ciencia, nacieron juntos en las iglesias, talleres, academias. Se servían unas de otras. La Modernidad los separó como proyecto, pero soterradamente siguieron mirándose, conviviendo a escondidas.
         La frontera define a lo distinto. Las disciplinas se extinguen y el conocimiento se construye desde sus márgenes, tira hacia afuera. La externalidad recuerda la diversidad, a pesar de las miradas y prácticas de domesticación que, atadas al pasado, suponen formaciones profesionales cosificadas en sus centros. Añoran la pureza del ser antropólogos, historiadores, artistas o gestores culturales.
           
           
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lunes, 19 de noviembre de 2018

Greñas, que no es apodo




Zapping
·             Greñas, que no es apodo
Vladimir González Roblero

­­—¡Una foto con El Greñas! —digo mientras le pido a un compa que nos tome la imagen con su teléfono.
—Greñas, que no es apodo —corrige él.
Click.
Raúl Fernández Greñas salió de los “camerinos” (la bodega del salón de fiestas) apenas unos minutos después de terminar el concierto de Luzbel. Firmó autógrafos en playeras, viejos casetes y discos, los emblemáticos: Metal caído del cielo y Pasaporte al infierno.
Después de 32 años, el guitarrista fundador de Luzbel volvió a tocar en Chiapas. Fue la noche del sábado pasado. La primera vez fue en San Cristóbal de Las Casas, en 1986. En ese entonces la banda tocó a beneficio del templo de La Inmaculada Concepción, a pesar de ser tachados de satánicos. Paradojas. El grupo recién se había fundado y realizaba giras por el país. Ese concierto fue junto a Arturo Huizar, la voz que identifica a Luzbel, y que ahora también gira como Lvzbel.
—Escuchen el nuevo disco, ¿o sólo quieren escuchar las que cantaba el otro? —dice Greñas en medio del concierto, refiriéndose a Huizar, con quien pelea legalmente el nombre de la banda y la autoría de las canciones.
—¡Tú toca! —le grito.
Inmediatamente suenan los acordes de “Destino final”, rola del disco El tiempo de odio, su más reciente producción. De nuevo headbanging, slam y camaradería. Uff.
Para entonces la raza estaba enardecida, reconociéndose en las clásicas: “Pasaporte al infierno”, “Kirieleison”, “La gran ciudad”. Esas prenden. En la banqueta, momentos antes del concierto, el tema de la charla entre los asistentes era la nostalgia.
—Es que los primeros discos son de antología, la voz y letras de Huizar, la guitarra de Greñas —dice alguien en corro.
—El nuevo disco está chido, pero nada como aquellos —respondo mientras bebo cerveza. En el salón se escuchaban fragmentos de “Juegos de pasión”. Era el soundcheck.
Es cierto. La tocada tuvo su primer orgasmo hasta la tercera rola. Fue “Pasaporte al infierno”. Las anteriores eran nuevas. Después in crescendo. La guitarra de Greñas fue la protagonista de la noche. De ella salió lo mejor, recuperando la historia, reservando para el encore los grandes himnos: “El loco” y “Por piedad”.
Al final Greñas, Luzbel todo, bromeó con los asistentes, y sonrió cuando alguien gritó: ¡Huizar! O cuando otro insistía en aquella rima de Álex Lora, de El Tri:
—¡Luzbel, Luzbel, me agarras el chile y juegas con él!
—Qué bueno que te gustó —respondió entre las fotos.
Click.

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sábado, 8 de septiembre de 2018

Apuntes del encierro





Zapping
·             Apuntes del encierro
Vladimir González Roblero

Uno
Cárcel. En La orilla y la maldad (2006), Héctor Cortés Mandujano dice, a propósito de la prisión de Cerro Hueco: “Tal vez mandarla a las afueras sea parte de la estructura ideológica, como dicen los urbanistas: sacar la cárcel de la ciudad supone alejar el mal”.
            El libro recoge testimonios de presos y a la vez construye la historia de la cárcel: primero La Peni o La Casona de Piedra, después Cerro Hueco y finalmente El Amate. Las historias aquí contadas, desea el autor, pretenden que el lector, al tocar una página toque a un ser humano.
            “El ‘Kual’ era como loco, hacía cosas indebidas, ¿no? Un día se drogó, antes de entrar a la cárcel, y agarró a su mamá de mujer. Así. Mató al papá y su mamá era profesora. Quizá por celos. En la cárcel enloqueció y lo amarraban (…) A lo mejor lo consintió mucho y ahí estuvo el detalle. Y después como que le gustó, ¿no?”
           
Dos
Clínica. El mal desterrado supuso también otra institución: la clínica. En ella estaban los apestados. Locos y leprosos. El Anexo le llaman algunos. Muchos anormales, como también les conocen, son recluidos ahí. Otros felizmente deambulan por las calles.
            Son excluidos además: herejes, tontos, delincuentes, pobres, drogadictos, borrachos, enfermos, peligrosos dicen. Los niega la sociedad y les niega la libertad.
            “Norma Estrella” es el título de una pieza musical de Helicón, banda que incubó a La Castañeda (sí, el manicomio) y que la popularizó como “La fiebre de Norma”.
Aquí la negación:
Cuando su amante llega
Le dicen tu Norma está enferma
Es una mujer tan bella
Hace espejos se rompan
Basta tan sólo con verla
Encontrarla en la sala de espera
Y dicen a Norma Estrella, su brillo se opaca.
(Escucha la versión original: https://goo.gl/M66Nte)

Tres
Fábrica. El surgimiento del punk en la década de 1970 recuperó las ideas anarquistas propaladas al menos un siglo antes. La condición decimonónica no ha cambiado mucho: precarización laboral y hastío citadino. De ella, en cierto modo, dieron cuenta los poetas malditos al señalar el malestar de los habitantes de las ciudades.
            El surgimiento de la fábrica, además, propició una división en el uso del tiempo: el trabajo y el ocio. La burguesía disfrutaba del ocio; el obrero vivía encerrado, similitud y metáfora, en la fábrica. La jornada laboral se controló, como si cárcel, con la finalidad de garantizar la producción.
            Síndrome, una banda mexicana de punk, así lo canta:
En la distracción ocupacional de la factoría
Inhalando contaminación
La nube negra, el gas letal
Amasando fortunas ajenas
Destrozado sin piedad
En el letargo laboral
Checo la tarjeta de salida
Atrapado en la factoría.

Cuatro
Universidad. Ingenuamente el ethos neoliberal piensa que a mayor control mayor producción. Esta máxima ha llegado a las universidades. El horario laboral y la vigilancia son estrategia. Lo que no saben es que el quehacer académico no sucede exclusivamente en las aulas, ni tiene límite temporal. La racionalidad que esto implica se contradice con la creatividad y la educación como ejercicios de libertad.
            Lo lamentable son sus celadores. Educadores ellos actúan sin criterio. Se piensan a sí mismos como burócratas, no en el sentido eficiente de Weber, sino en el común: el (torpe) poderoso.
            Al final nadie escribe, ni investiga, ni hace más. La ilusión del mercado reduce al profesor como obrero y al alumno como depositario. Desechables. Vigilar y castigar diría Foucault.

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