viernes, 27 de julio de 2018

Lecturas de viaje


Zapping
·             Lecturas de viaje
Vladimir González Roblero

Uno
Cotidianamente leo. Lo hago para preparar una clase, escribir algún artículo o estudiar temas vinculados a mi actividad profesional. Son lecturas interesadas. Las que hago por placer a veces son complicadas. Al menos para mí. Necesito encontrar espacio y momento. Generalmente sucede en lugares de tránsito. Es curioso: los espacios ajenos, donde cada usuario es un completo desconocido, me liberan de la obligación. Me refiero a los autobuses, aeropuertos, hoteles. Entonces rescato aquella novela, ensayo, volumen impreso o virtual.
            Es placer, también, recuperar la memoria a través de ejercicios autoetnográficos. ¿Cómo leo? ¿Dónde? ¿En qué soportes? Hay indicios que, quizá, dejo a propósito: un boleto de taxi del aeropuerto de la Ciudad de México; una entrada a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, un recibo de la caseta de cuota de la carretera a San Cristóbal.
            Guiños al pasado y a sus lecturas.    

Dos
Un amigo, con quien comparto el prurito por la ficción, me regaló El juego del otro (2010). Se trata de ejercicios ensayísticos, literarios y artísticos que ponen a prueba el poder de la impostura en lo real. Los textos son firmados en coautoría: Enrique Vila Matas/ Jean Echenoz; Paul Klee/ Barry Gifford, y Paul Auster/ Sophie Calle.
            Encontré la oportunidad para leerlo en un hotel. Fascinante. Sin que necesariamente sea esa su intención, los textos señalan la capacidad de lo fingido como estrategia para conocer el mundo. Mucho podemos/debemos aprender los científicos sociales, incluso quienes se adentran en los estudios humanísticos. El arte, como paradigma de lo ficticio, muestra realidades empíricamente inexplorables, configura escenarios probables y orientan nuestras miradas.

Tres
Es común, hasta cliché, deambular en las librerías de los aeropuertos. Antes de subir al avión compro alguna novela. Las esperas suelen ser largas, los recorridos tediosos, y las estrategias escapatorias literarias. En uno de esos rituales (la misma lectura lo es) compré El amante de Janis Joplin (2001) de Elmer Mendoza. Del autor tenía referencias por algunos compas de la frontera norte. Sus temas: la violencia, el narcotráfico, la cultura norteña no-romantizada.
            Comencé a leerla en una sala de espera, la continué no sé a cuántas millas de altura, en el avión, la avancé una noche en el hotel, y la concluí de regreso en casa. No fue en el tránsito de vuelta porque viajé enfermo. Me atacó un paralelismo: imaginé al personaje principal de la novela, David, como un superhéroe de Marvel. En cada circunstancia, siempre violenta, éste se sobreponía gracias al don de su mano derecha, que le había valido incluso un contrato en el béisbol de las grandes ligas.
            Obvio ya había visto las series Jessica Jones, Luke Cage y The Defenders en Netflix.
           
Cuatro
Fui a una reunión social a la selva Lacandona. Hice el viaje en automóvil. Fueron casi 8 horas, algunas de ellas en camino de terracería. Como los aldeanos sabemos, el primer tramo fue a través de la mal llamada autopista Tuxtla-San Cristóbal. Después de pagar el peaje, guardé el recibo en la funda de la tableta. A ese viaje no llevé un libro impreso, recién había comprado en formato epub La mara (2011), novela de Rafael Ramírez Heredia.
La estancia fue espectacular: senderismo, historias de la tradición maya, traslado en lancha, pinturas rupestres, pescado tatemado. El par de noches, en la calma de su espesura, leí lo más que pude. Por ese entonces escribía un artículo sobre la frontera sur y su literatura. Pero no quise hacerlo de La mara. Sino perdería el encanto del placer.
Hallé el gozo en sus páginas y fuera de ellas. La exuberancia de la Selva tuvo parangón en el escenario de La mara: el Soconusco. La vegetación exacerbada, el ambiente carnavalesco y sus cantinas.


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domingo, 3 de junio de 2018

Brujería, la espera (echando chingazos)


Zapping
·             Brujería, la espera (echando chingazos)
Vladimir González Roblero

La noche del sábado lloviznó a las 8. Era la presentación de Brujería en Tuxtla. Las puertas del salón Suterm estaban cerradas. Algunos comentarios en el muro de feis de los organizadores apuraban el comienzo. Se venía el agua. Abrieron. A las nueve se presentó el grupo Acidez.
El clásico grito tuxtleco “¡ora pue vergas!” inundó el salón. Más de una hora antes había terminado el concierto del segundo en turno, Next, fundadores junto a otros de eso que llaman metal mexicano. Cerraron con la coreada “Debes morir”. La banda quedó a punto para Brujería.
             La espera fue larga. Latas de cerveza comenzaban a acumularse en los costados, junto a las paredes. La ola de calor que ha azotado a Tuxtla alcanza los 40 grados en el día. Las noches apenas refrescan. Adentro del inmueble la gente suda y las cervezas fluyen. El aire acondicionado no se da abasto. La mariguana tampoco. Unas 300 personas, sino más, se irritan.
            -¡Ora pue vergas!, -grita uno y otros lo secundan.
Añaden:
 -¡Culeeeeeeros!
Chiflidos musicalizan el ambiente.
El enojo amaina cuando entran los primeros integrantes de Brujería por la puerta principal. Aplausos junto a un “hijos de su puta madre”. Les hacen el pasillo. Caminan hacia el fondo, la gente se abre y enseñan la vía al escenario.
Impaciencia. Nick el baterista comienza a colocar tambores y platillos. Problemas con el audio. Una y otra vez pedía escuchar su monitor. A señas trataba de hacerse entender con el encargado de sonido. El staff además buscaba afanosamente echar a andar el clima que daba directo al templete. Calor y nervios. Los asistentes apuraban: más silbidos y mentadas de madre.
-¡Apúrate panzudo! –espetó alguien. Otro comenzó a lanzar latas vacías de cerveza a la zona VIP. Ésta era la más cercana a los músicos. Se dividía de la general por una valla que, después, terminó arrastrada por la multitud. Entonces valió madre el costo de los boletos: 500 pesos en general y 750 en exclusiva.
En la espera un borracho cayó de bruces. Bulto.
Una de la mañana. En el salón los seguidores seguían presionando; en el ciberespacio también: “Ya es tarde yaaaaa vergas” escribió alguien. Las redes sociales tampoco dan tregua. A esta hora otro consuelo: Juan Brujo, el vocalista, ingresa al salón. El mismo ritual: la gente lo señala, rechifla, aplaude y se abre a su paso.
El mismo Carlos Alanís, frontman de Next, hace una pausa en la charla que sostenía, cerveza en mano, con la raza. Atrás vienen también los punketos de Acidez. El escenario estaba puesto. Mientras tanto los problemas de audio seguían. Personal de Brujería tuvo que bajarse y caminar rápido a la consola.
Los músicos en el escenario recurrieron a sus personajes. Se enfundaron las clásicas playeras metaleras con la leyenda Brujería, además todos usaron paliacates para cubrirse el rostro. Estética del brujerizmo. Personaje aparte, siempre enfundado en su alter ego, Juan Brujo. Arribó tal cual: gorra de la banda, paliacate con el escudo nacional de México y, como parte de su performance, un machete.
Otros minutos de espera, casi una ofensa. Agitación. Los primeros guitarrazos de Brujería domeñaron a los iracundos. Inmediatamente aparecieron celulares en alto, como velitas en peregrinación.
Fue una espera larga: 25 años desde la aparición de su primer disco Matando güeros (¡discazo!) y una hora con cuarenta y tantos minutos desde los acordes finales de la banda anterior.
Ardió el infierno.
El resto lo saben (o se lo imaginan): echando chingazos.

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