sábado, 8 de septiembre de 2018

Apuntes del encierro





Zapping
·             Apuntes del encierro
Vladimir González Roblero

Uno
Cárcel. En La orilla y la maldad (2006), Héctor Cortés Mandujano dice, a propósito de la prisión de Cerro Hueco: “Tal vez mandarla a las afueras sea parte de la estructura ideológica, como dicen los urbanistas: sacar la cárcel de la ciudad supone alejar el mal”.
            El libro recoge testimonios de presos y a la vez construye la historia de la cárcel: primero La Peni o La Casona de Piedra, después Cerro Hueco y finalmente El Amate. Las historias aquí contadas, desea el autor, pretenden que el lector, al tocar una página toque a un ser humano.
            “El ‘Kual’ era como loco, hacía cosas indebidas, ¿no? Un día se drogó, antes de entrar a la cárcel, y agarró a su mamá de mujer. Así. Mató al papá y su mamá era profesora. Quizá por celos. En la cárcel enloqueció y lo amarraban (…) A lo mejor lo consintió mucho y ahí estuvo el detalle. Y después como que le gustó, ¿no?”
           
Dos
Clínica. El mal desterrado supuso también otra institución: la clínica. En ella estaban los apestados. Locos y leprosos. El Anexo le llaman algunos. Muchos anormales, como también les conocen, son recluidos ahí. Otros felizmente deambulan por las calles.
            Son excluidos además: herejes, tontos, delincuentes, pobres, drogadictos, borrachos, enfermos, peligrosos dicen. Los niega la sociedad y les niega la libertad.
            “Norma Estrella” es el título de una pieza musical de Helicón, banda que incubó a La Castañeda (sí, el manicomio) y que la popularizó como “La fiebre de Norma”.
Aquí la negación:
Cuando su amante llega
Le dicen tu Norma está enferma
Es una mujer tan bella
Hace espejos se rompan
Basta tan sólo con verla
Encontrarla en la sala de espera
Y dicen a Norma Estrella, su brillo se opaca.
(Escucha la versión original: https://goo.gl/M66Nte)

Tres
Fábrica. El surgimiento del punk en la década de 1970 recuperó las ideas anarquistas propaladas al menos un siglo antes. La condición decimonónica no ha cambiado mucho: precarización laboral y hastío citadino. De ella, en cierto modo, dieron cuenta los poetas malditos al señalar el malestar de los habitantes de las ciudades.
            El surgimiento de la fábrica, además, propició una división en el uso del tiempo: el trabajo y el ocio. La burguesía disfrutaba del ocio; el obrero vivía encerrado, similitud y metáfora, en la fábrica. La jornada laboral se controló, como si cárcel, con la finalidad de garantizar la producción.
            Síndrome, una banda mexicana de punk, así lo canta:
En la distracción ocupacional de la factoría
Inhalando contaminación
La nube negra, el gas letal
Amasando fortunas ajenas
Destrozado sin piedad
En el letargo laboral
Checo la tarjeta de salida
Atrapado en la factoría.

Cuatro
Universidad. Ingenuamente el ethos neoliberal piensa que a mayor control mayor producción. Esta máxima ha llegado a las universidades. El horario laboral y la vigilancia son estrategia. Lo que no saben es que el quehacer académico no sucede exclusivamente en las aulas, ni tiene límite temporal. La racionalidad que esto implica se contradice con la creatividad y la educación como ejercicios de libertad.
            Lo lamentable son sus celadores. Educadores ellos actúan sin criterio. Se piensan a sí mismos como burócratas, no en el sentido eficiente de Weber, sino en el común: el (torpe) poderoso.
            Al final nadie escribe, ni investiga, ni hace más. La ilusión del mercado reduce al profesor como obrero y al alumno como depositario. Desechables. Vigilar y castigar diría Foucault.

Tuiteo como @vlatido
Léeme: www.zzapping.blogspot.com


viernes, 27 de julio de 2018

Lecturas de viaje





Zapping
·             Lecturas de viaje
Vladimir González Roblero

Uno
Cotidianamente leo. Lo hago para preparar una clase, escribir algún artículo o estudiar temas vinculados a mi actividad profesional. Son lecturas interesadas. Las que hago por placer a veces son complicadas. Al menos para mí. Necesito encontrar espacio y momento. Generalmente sucede en lugares de tránsito. Es curioso: los espacios ajenos, donde cada usuario es un completo desconocido, me liberan de la obligación. Me refiero a los autobuses, aeropuertos, hoteles. Entonces rescato aquella novela, ensayo, volumen impreso o virtual.
            Es placer, también, recuperar la memoria a través de ejercicios autoetnográficos. ¿Cómo leo? ¿Dónde? ¿En qué soportes? Hay indicios que, quizá, dejo a propósito: un boleto de taxi del aeropuerto de la Ciudad de México; una entrada a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, un recibo de la caseta de cuota de la carretera a San Cristóbal.
            Guiños al pasado y a sus lecturas.    

Dos
Un amigo, con quien comparto el prurito por la ficción, me regaló El juego del otro (2010). Se trata de ejercicios ensayísticos, literarios y artísticos que ponen a prueba el poder de la impostura en lo real. Los textos son firmados en coautoría: Enrique Vila Matas/ Jean Echenoz; Paul Klee/ Barry Gifford, y Paul Auster/ Sophie Calle.
            Encontré la oportunidad para leerlo en un hotel. Fascinante. Sin que necesariamente sea esa su intención, los textos señalan la capacidad de lo fingido como estrategia para conocer el mundo. Mucho podemos/debemos aprender los científicos sociales, incluso quienes se adentran en los estudios humanísticos. El arte, como paradigma de lo ficticio, muestra realidades empíricamente inexplorables, configura escenarios probables y orientan nuestras miradas.

Tres
Es común, hasta cliché, deambular en las librerías de los aeropuertos. Antes de subir al avión compro alguna novela. Las esperas suelen ser largas, los recorridos tediosos, y las estrategias escapatorias literarias. En uno de esos rituales (la misma lectura lo es) compré El amante de Janis Joplin (2001) de Elmer Mendoza. Del autor tenía referencias por algunos compas de la frontera norte. Sus temas: la violencia, el narcotráfico, la cultura norteña no-romantizada.
            Comencé a leerla en una sala de espera, la continué no sé a cuántas millas de altura, en el avión, la avancé una noche en el hotel, y la concluí de regreso en casa. No fue en el tránsito de vuelta porque viajé enfermo. Me atacó un paralelismo: imaginé al personaje principal de la novela, David, como un superhéroe de Marvel. En cada circunstancia, siempre violenta, éste se sobreponía gracias al don de su mano derecha, que le había valido incluso un contrato en el béisbol de las grandes ligas.
            Obvio ya había visto las series Jessica Jones, Luke Cage y The Defenders en Netflix.
           
Cuatro
Fui a una reunión social a la selva Lacandona. Hice el viaje en automóvil. Fueron casi 8 horas, algunas de ellas en camino de terracería. Como los aldeanos sabemos, el primer tramo fue a través de la mal llamada autopista Tuxtla-San Cristóbal. Después de pagar el peaje, guardé el recibo en la funda de la tableta. A ese viaje no llevé un libro impreso, recién había comprado en formato epub La mara (2011), novela de Rafael Ramírez Heredia.
La estancia fue espectacular: senderismo, historias de la tradición maya, traslado en lancha, pinturas rupestres, pescado tatemado. El par de noches, en la calma de su espesura, leí lo más que pude. Por ese entonces escribía un artículo sobre la frontera sur y su literatura. Pero no quise hacerlo de La mara. Sino perdería el encanto del placer.
Hallé el gozo en sus páginas y fuera de ellas. La exuberancia de la Selva tuvo parangón en el escenario de La mara: el Soconusco. La vegetación exacerbada, el ambiente carnavalesco y sus cantinas.


Tuiteo como @vlatido