viernes, 2 de septiembre de 2011

Nueve


Zapping
  • Nueve
Vladimir González Roblero

Uno de los aportes de la historiografía francesa, de la generación de los Annales encabezada por Roger Chartier, fue introducir, en la teoría de la historia, la idea de práctica y representación como ruptura con el concepto de mentalidad acuñado y popularizado por la generación anterior. Es precisamente Chartier quien desplazó su atención de los escritores y textos hacia sus lectores. Lo hizo tomando como pretexto la llamada “biblioteca azul”, una serie de libros de temática popular, no eruditos, que circulaban sobre todo entre las clases bajas o subalternas del Antiguo régimen francés. El trabajo de este historiador gira en torno a las prácticas de lectura y a la apropiación singular de los textos por parte de sus lectores.

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Otro historiador renombrado, de origen italiano, Carlo Ginzburg, se ha consagrado, entre otros textos y propuestas teóricas-metodológicas, por la publicación de El queso y los gusanos. Se trata de una exquisita historia que narra cómo Menocchio, un molinero italiano del siglo XVI, fue juzgado y muerto por la Inquisición que lo acusó de hereje. Sucede que Menocchio leyó varios libros que circulaban entre las clases populares y los mezcló con sus creencias campesinas, dando como resultado que afirmara que el origen del mundo era como un queso, una masa que algún día se formó, y los gusanos eran los ángeles que ayudaron a su formación. Esto no gustó a la Iglesia, quien se enteró de las predicaciones de Menocchio, y lo mandó a llamar. El campesino, confundido, incluso dudó de la divinidad de Cristo y cuestionó otros paradigmas católicos. Su destino, como puede intuirse, fue trágico.

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La década pasada experimentó el auge, al menos en Tuxtla, de los llamados fanzines. Se trataba de hojas dobladas a la mitad que hacían las veces de una revistita. Había varios de ellos y también muchos fanzineros. Estas hojas volantes se encontraban en cantinas, centros culturales pero, sobre todo, pegados en los postes o en las paradas del transporte público. En la calle pues. Recuerdan algunos de sus hacedores que temprano se levantaban a caminar el bulevar “Belisario Domínguez” hasta la Prepa Uno pegando sus fanzines en la calle. Después se hicieron reuniones de fanzineros, se intercambiaban o se vendían y se leía lo que en ellos se escribía. Venderlos, intercambiarlos, escucharlos constituyeron prácticas que permitieron se leyeran entre algún sector de la juventud tuxtleca.

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Cuando estaba en la secundaria construimos, varios chamacos imberbes, una red de lectura bastante interesante. Llevábamos escondidas en nuestras mochilas revistas que podemos parangonar con las de la llamada “biblioteca azul” que investiga Chartier. Se trataba del Libro Vaquero, El Libro Sentimental, Los Sensacionales Chafiretes, Historia de Traileros, entre otras. La red consistía en intercambiar ejemplares en el receso, los diez minutos que teníamos entre clase y clase. Esas fueron las primeras lecturas cuasi prohibidas, las que tomábamos a hurtadillas del cajón de nuestros papás, de algún primo, vecino o amigo. O incluso robábamos de las peluquerías. Eran cuasi prohibidas porque las que de plano tenían bajo llave, y su comercio era ultra secreto, eran las pornográficas.

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Me gusta ir al mercado 5 de Mayo, rumbo al trabajo o los sábados temprano, a desayunar empanadas o tacos fritos. O pasar al mediodía por una jícara de pozol de cacao acompañado de manguito verde, cacahuate o chile blanco. En el mercado, entre los puestos de víveres y demás, me llamó la atención uno en particular. Ubicado al final, se trata de un puesto de revistas viejas, del tipo de las que intercambiaba en la secundaria. Hay de 5 pesos y de 10 pesos. Bara, bara… Llenas de polvo, quizá hongos, se me ocurrió usarlas en un círculo de lectura en el mercado. Finalmente comprar revistas viejas en el mercado, leerlas ahí, en el colectivo o en el baño, escuchar historias o libros por boca de otros, son prácticas de lectura.
            Todos, sin saberlo, somos o hemos sido lectores.

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lunes, 15 de agosto de 2011

Ocho


Zapping
  • Ocho

Vladimir González Roblero

El historiador francés Marc Bloch es autor, entre otros libros harto importantes, de Los reyes taumaturgos. En él plantea una historia de larga duración emparentada con las mentalidades: es la historia de reyes medievales a quienes se les atribuía la capacidad de curar a sus súbditos con sólo tocarlos. Esta creencia, dice Bloch, aún estaba vigente hacia mediados del siglo XIX. Lo anterior se entiende, en el marco de la historiografía, porque existen estructuras, en este caso mentales, que el tiempo tarde en desvanecer… son de lento transcurrir. Pongamos los ojos, como lo hizo Bloch, en este tipo de creencias manidas como, quizá, actuales.

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Cuando jugaba para presidente de la República, en 2006, Andrés Manuel López Obrador, el Peje, llegó a decirse a sí mismo “rayo de esperanza”. En uno de sus mítines, en los que abarrotaba, dijo que su movimiento representaba esa esperanza para los pobres que los demás candidatos, incluido el actual presidente gris Calderón, no ostentaban. De tintes mesiánicos este dicho, levantó infinidad de críticas, como era de esperarse, de la derecha y de grupos reaccionarios. Aun sí, en la refriega, dice Krauze, “un grupo de ancianas portaban un letrero que decía ‘Que Dios te cuide, rayito de esperanza”’.

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También discurso mesiánico, en este tenor, puede considerarse el que enarboló en el 2000 el ex gobernador de Chiapas Pablo Salazar Mendiguchía. Llegó cobijado por lo que se llamó “Movimiento de la esperanza”. Entonces se dijo que había amalgamado a grupos de distinto sino que posibilitaron su arribo al poder. Dicen inició con el pie izquierdo con un discurso incendiario que quizá avivó la esperanza de muchos y convirtió desde entonces en cenizas la de otros. Obrador no fue presidente, y quizá aun juegue con ese discurso; Salazar llegó a gobernador y todos sabemos ya la historia.


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Hace unos días, pocos, seguía a través de tuiter la crónica hiperinmediata, escrita a pedacitos, de lo que sucedía en una sesión del Congreso de Chiapas. Los periodistas que presenciaban y cubrían la fuente tuitearon, palabras más palabras menos, que Juan Sabines Gutiérrez, padre del actual gobernador de Chiapas y ex gobernador él mismo, era considerado, entre la chiapanecada, según diputado, como un santo. Pasumecha. Un diputado de nombre Carlos Valdez dizque dijo en muchas casas hay una imagen de Sabines y “lo tienen como si de un santo se tratara”. ¿Será por eso que una colonia de Tuxtla se llama San Juan Sabinito? ¿O ahora llamarán Patria Nueva de San Sabines Jr? ¡Gulp!
            Ya lo hizo ver Bloch: estructuras mentales de lento transcurrir.


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jueves, 21 de julio de 2011

Siete


Zapping
  • Siete
Vladimir González Roblero


Alrededor de 15 años atrás al menos en Tuxtla, la capital de Chiapas, se configuraba un escenario importante del movimiento rockero. Cada fin de semana el Parque Morelos y otros lugares, como bodegas y salones, registraban toquines con grupos que, entonces, dominaban el panorama contracultural. Entre ellos, recuerdo, estaban Skamosa, Féretro, Yep, La perra de la cuarta, Nauyaca, Ojos de perro azul, Orcus y más. Para entonces, porqué no decirlo, yo era un chamaco, y más que eso, todavía lo soy, un mero espectador. Quienes subían al escenario a reventarse rolas originales y covers chingones eran eso, chingones. Jóvenes ellos también. Arriba del escenario, con guitarras y batacas, eran los músicos. Abajo sus roles cambiaron. Como dice el filósofo hermeneuta Paul Ricoeur, las identidades no son esencialistas, mutan a lo largo del tiempo. Sin embargo, dice también, algo de esas identidades se mantiene inamovible: el nombre.
Planteo tres escenarios:

1.-
La calle. En la ciudad, en todas partes, abundan negocios relacionados con vidrios, marcos y aluminios. En alguna parte, por la zona oriente, alcancé a ver uno de ellos ha poco que necesitaba una ventana para mi casa. Iba en el transporte. Cerca del lugar el vehículo en el que viajaba se detuvo haciendo caso al semáforo que se ponía en rojo. Alcancé a ver, de lejos, a la persona que atendía el lugar. Ya no andaba la greña larga ni los tenis Converse que acostumbraba. Años atrás tocaba en distintos grupos de Tuxtla. En algunos era el baterista, en otros bajista y también guitarrista y vocalista. Un amigo mío le hizo una entrevista para algún reportaje sobre la contracultura en la ciudad. Guazapo le grité y volteó, aunque no supo a dónde ver.  

2.-
Una taquería. Una noche lluviosa, después de hacer algunas cosas fuera de casa, pasé a una taquería en la Novena Sur. Los pedí para llevar. Ocasionalmente Talita, Emilio y yo hemos cenado ahí. Llamó mi atención que la persona que preparaba los tacos no era la misma de siempre. Quien ahora atendía solía tocar el bajo en un grupo llamado Féretro. Ese grupo, en lo personal, era de mis preferidos. Entonces tocaban una de Brujería, La ley del plomo, y tenían otra rola que no sé porqué prendía bien grueso con el slam a los asistentes a sus conciertos. Esa rola se llamaba ¡Viva Chiapas! La voz gutural del vocalista, los guitarrazos y la destreza del bajista, a quien además las chicas metaleras le chiflaban a cada rato, hacían que fuera un grupo bastante aceptado. Al bajista, quien ahora despacha en la taquería, le decían el Pestañas. No quise comprobar si ya no le dicen así, aunque, a pesar del tiempo transcurrido, creo que sí.

3.-
La universidad. En la Feria Chiapas solían hacer festivales de rock y traer con frecuencia grupos de otros lados. Era oportunidad también para que los grupos locales se dieran a conocer, como ahora mismo lo es. Yo estaba por ingresar a la universidad cuando me tocó ver a un grupo, en la feria, que se llamaba Hecatombe. Era, como dije al inicio, un chamaco. Apenas lo recuerdo. Tengo presente al grupo, sin embargo, porque en la universidad mi profesor de radio me dijo que él era el baterista de ese grupo, y que había tocado esa vez que los vi. Por un tiempo Luis, mi profesor de radio, dejó la artistiada y se dedicó de tiempo completo a la academia. Ahora impulsa un proyecto nuevo: Conejoblues.

Los tres escenarios son distintos. Cada uno de sus actores construía su identidad de acuerdo con su contexto. Los tres fueron, como supongo lo son todavía, rockeros. Pero también, además de ello, con el tiempo convirtieron alguna parte de esa identidad, por sus actividades, en otra. Pero algo en ellos no cambió: la forma como los llamamos. 

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miércoles, 6 de julio de 2011

Seis


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·         Seis

Vladimir González Roblero

Pedro Kropotkin, un anarquista ruso, es conocido por impulsar la idea de la ayuda mutua o mutualismo. Se sirve de múltiples ejemplos de convivencia tanto en la naturaleza como en las sociedades humanas. Gracias a este sentimiento de ayuda, dice, surgen los gremios, los sindicatos, las asociaciones y otro tipo de grupos cuyos miembros se identifican entre sí, y se ayudan. No en balde Kropotkin es, además, considerado referencia para hablar de eso que llaman anarquismo comunista.
            Hay circunstancias, sin embargo, que este mutualismo se ve rebasado por la convivencia, y a veces uno se pregunta dónde queda la consideración a los demás.

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No me voy a dar de santos porque, como muchos, me echo de vez en cuando mi alipuz. El problema es cuando el trago y los bolos no dejan dormir. Por mi rumbo hubo quien decidió poner su propio negocio: una cantinita. No estoy para decir si ese lugar tiene los permisos necesarios o si se fueron por la libre. No me interesa. Hace un par de noches la pasé en vela. No dormí. Lo que sí es cierto es que se me quedó una tonadita cuyos monosílabos van así: pi pi pi pi pí. Sucede que esa cantinita, que regularmente tiene pocos bolos y supongo que también comensales, la noche en cuestión tuvo casa llena. Eran amigos de los propietarios, supongo. Estuvieron conviviendo con música alta hasta la madrugada, hora en la que una vecina salió a pedirles que se callaran. Ahí estaba yo ojopelón escuchando.


*
 Mi rumbo no es muy bonito que digamos. Ahora con el programa ese de calles para siempre que impulsa el imberbe mi compañero de Yassir, están dizque pavimentando el acceso principal. Tiene más de un mes, mucho más, que empezaron los trabajos y no terminan ni 100 metros. Llegan, los trabajadores y las máquinas, un día sí y otro no. Talita, que es indulgente, cree que es porque hay hartas calles que pavimentar en Tuxtla y tienen que atender todas. Saber. Lo cierto es que ahora con las lluvias se hacen unas grandes albercas tanto en el acceso a mi rumbo como en el resto de la colonia. Esas albercas obligan a los automovilistas a transitar a vuelta de rueda. Aun así los vecinos, así como son, se les ocurrió, en una de las calles, poner un tope. Pero no es el clásico reductor de velocidad, es una montaña. El automovilista, que viene con su penquez para librar los baches, ya ni se molesta por el tope. Total, si así están las calles. ¿Qué pensarán quienes lo pusieron?


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Es común, aunque no debiera, que no se respete la entrada a las cocheras. A veces se entiende cuando se estaciona uno por cinco minutos, mientras el copiloto se baja a hacer el mandado. No siempre hay lugar para estacionarse. Lo que no se entiende es que, habiendo toda una cuadra libre, se estacionen mero enfrente del acceso. Sucede con frecuencia por ese mi rumbo, más frente a mi casa. A veces, digo, algún familiar mío, para estar cerca de mi casa, ocupará estacionarse frente a otras casas. Otras, creo, que son desconsideraciones.
            Vale la ayuda mutua cuando es necesaria, otras veces sólo pasan a joder.

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lunes, 27 de junio de 2011

Cinco


Zapping
  • Cinco
Vladimir González Roblero

José Manuel Aguilera, guitarrista y vocalista del grupo de rock La Barranca, y Jaime López, cantautor mexicano, chingón, letrista, entro otras, de “Chilanga Banda”, sacaron hace rato un disco titulado No más héroes por favor (Fonarte Latino, México, 2006). La rola que da nombre al disco dice, en una parte, así: “No más héroes por favor, el panteón ya se llenó”.
            No creo, ni por asomo, que la letra y el disco de Aguilera y López pretendan ser reaccionarios, ni ellos, los músicos, lo son. Más bien, quiero pensar, es como un llamado a detenernos un poco en esas construcciones maniqueas en las que cotidianamente nos sumergimos. En el imaginario colectivo regularmente aparecen héroes y villanos, buenos y malos: personajes enraizados en eso que algunos llaman cultura pop.

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Maité Rico y Bertrand de la Grange, a propósito de villanos, escribieron, a raíz del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en 1994, el libro Marcos, la genial impostura (Taurus, México, 1997). Para estos periodistas el sup Marcos no es, ni por asomo, un héroe, sino más bien un fantoche. Enarbola, dicen, un discurso trasnochado comunista, peor aún, condujo a los indios a una muerte segura, al enfrentarlos en condiciones desiguales al Ejército mexicano.
            Entre los mexicanos, como en otras partes del mundo, el Sup despierta, pues, sentimientos encontrados. Para los autores de este texto es el villano, quien encarna la tragedia de los pueblos y las gentes que lo han secundado. Para otros, bien sabido, es todo lo contrario.

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Por fin, lo que veía venirse, a pesar de que algunos lo hubieran evitado de haber estado entre sus manos: el encuentro entre Javier Sicilia y los integrantes del movimiento que encabeza, con Felipe Calderón, el lenguabola Genaro García Luna y su séquito, entre ellos la mujer del presidente, gris, Margarita Zavala. Proceso, la revista, publicó que fue el encuentro de un católico y de un cristiano. Independientemente de los credos religiosos, algunos vieron en Sicilia al héroe que desnudó al presidente, como con aquella pregunta “¿Se puede fumar aquí, Presidente?”. Nervioso, el preciso, mandó a alguien a investigar. Minutos después le respondió que sí. Otros, sin embargo, vieron que Calderón le comió el mandado. Dicen supo torear y legitimarse a costa de Sicilia. Un tuitero señaló que éste, Sicilia, había encarnado el poder del mismo modo como lo habían tomado quienes critica. Finalmente, entonces, lucha de poderes. De un lado el villano, el católico, del otro el héroe, el cristiano. O como se quiera ver, desde donde estemos tuiteando.   

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El alter ego del escritor estadunidense Charles Bukowski se llama Henri Chinaski. Es un borracho, mujeriego, jugador, irreverente drogadicto, misógino y demás. De alcantarilla. Factotum (Anagrama, 1989) es la novela que narra sus avatares; también aparece en cuentos, como los reunidos en Hijo de Satanás (Anagrama, 1996). De este último cito: “Lo que importa son las pequeñas cosas como asegurarte de que tienes suficiente agua en el radiador del coche, o cortarte las uñas de los pies, o tener suficiente papel higiénico, o una bombilla extra, cosas como ésas”.
            Chinaski es el antihéroe: al que muchos, su más recóndito deseo, quisieran encarnar. A otros se les da bastante natural. No es ni héroe ni villano, encaja en la letra de JLo (Jaime no Jennifer): No más héroes por favor. Quizá, en momentos de ofuscación como el ambiente hostil que nos toca vivir, valga, como el antihéroe, voltear hacia las nimiedades.
Vale un momento, digo yo.  


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miércoles, 15 de junio de 2011

Cuatro


Zapping
  • Cuatro
Vladimir González Roblero

Hay quien dice que una suerte de política cultural ha existido por mucho tiempo. Si entendemos, grosso modo, que la política cultural es la intervención del Estado, con fines varios, en eso que llaman cultura o producción simbólica, podemos pensar en distintas circunstancias en que las formas simbólicas se han usado como recursos políticos o económicos.

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Hace algunos ayeres, en el 2008, seis habitantes de la localidad de Miguel Hidalgo, que alberga las ruinas arqueológicas de Chinkultik, fueron muertos por policías estatales. La razón: se manifestaban para beneficiarse de la zona arqueológica. El patrimonio cultural, en este caso, representa recurso económico para el Estado. Dicho patrimonio no es usufructuado por quienes se dicen sus herederos.  El acceso a la cultura representaba, también, recurso para los herederos. La política estatal al respecto, generalmente, ha sido resguardar las zonas arqueológicas, convertirlas en destinos turísticos a la par de fuente de información, y soslayar a los habitantes de las localidades que las albergan. ¿Y el acceso a su cultura? ¿Y la posibilidad de vivir de su cultura?

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Recientemente en los medios de comunicación de Chiapas, sobre todo aquellos estatales o públicos (cuyo uso, no está demás decirlo, no es público sino personal) se ha usado la Historia, una de las formas simbólicas, con fines políticos.  El torbellino ajusticiador que vivimos es el pretexto. El pasado es la memoria que, por execrable, no podemos olvidar. Es el pasado inmediato: represión, persecución, desatención. Eso dicen. Lo cierto que este pasado construye un futuro, el futuro político de quienes hoy lo rememoran. Esos mismos jilgueros del pasado, sin embargo, se remontan a la década de los 80: un pasado glorioso, épico, que vuelve a representarse a pesar del anquilosamiento que experimenta. No es nada nuevo, ni está fuera de lugar, pensar en los usos decentes e indecentes de la Historia.

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En épocas y lugares de crisis los Estados buscan fortalecer eso que llaman y consideran identidad. Cuando la guerra cristera, el Occidente de México representó un foco rojo para la “estabilidad” de México. Una de las políticas para sanar las heridas, apaciguar los ánimos, fue difundir elementos culturales de la zona y hacerlas símbolos de lo nacional. El mariachi, el tequila y el pozole no han sido, de a gratis, lo que, aun se empeñan en decir en el canal de las estrellas, nos identifica como mexicanos. Y ni se diga del rebaño sagrado, las famosas chivas rayadas del Guadalajara, que se ha vendido como el equipo más mexicano, donde puros de aquí juegan. De este modo repellaron las paredes agrietadas que se presentaban en Jalisco, Guanajuato y circunvecinos.   

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Alguna vez alguien criticó a escritores y fanzineros que pedían becas estatales para escribir. El ejercicio literario de algunos de ellos, decían, no debía ser contaminado por el dinero del Estado, pues comprometía su libertad creativa. Guillermo Fadanelli, sobre el tema, dice que él, a pesar de ser un escritor que algunos ubican en la llamada “literatura basura”, hace cola para recibir su beca y escribir sus indecencias.   


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lunes, 6 de junio de 2011

Tres


Zapping
  • Tres
Vladimir González Roblero

La discusión sobre los valores universales o absolutos no es nada nueva. No por eso deja de ser actual. De este lado están quienes dicen que existen valores o modos de apropiarse del mundo que se encuentran en todas las sociedades, estén éstas ubicadas en tiempos y espacios distintos. De aquel otro, quienes sostienen que las sociedades generan valores o modos de apropiarse del mundo distintos, según tiempos y espacios determinados. Los hay quienes, para conciliar ambas posturas, no llaman ni universales ni históricas a dichas formas de apropiación, sino transculturales. Aceptan que existen formas o valores que aparecen en todas las sociedades, que incluso se les nombra igual, pero que en cada una de ellas adquieren matices particulares que los diferencian.
            Lo cierto es que cotidianamente esta discusión se obvia, o no nos detenemos en ella. Es tan cotidiano el asunto que lo asimilamos en función de nuestro paradigma occidental. Algunos ejemplos:

La selección femenil de futbol de Irán perdió en la mesa un partido eliminatorio ante Jordania rumbo a las Olimpiadas a realizarse en Londres en el 2012. La razón: el uniforme de las iraníes no era el adecuado y violaba los reglamentos de la Federación Internacional de Futbol (FIFA). Las iraníes saltaron al terreno de juego con burka, una especie de velo que les cubre la cabeza y la cara, con las piernas cubiertas de tal modo que no expusieran ninguna parte de su cuerpo, salvo, en este caso, el rostro. Todo con la finalidad de respetar las leyes de la religión musulmana. La FIFA, al considerar que violaba sus reglamentos, otorgó el triunfo al equipo rival por tres goles a cero. ¿Habrase visto en la cultura occidental, en los partidos de futbol, semejante vestimenta? Los musulmanes piden que se modifique dicho reglamento.

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El historiador mexicano Edmundo O’Gorman discute, desde su perspectiva situada, cuestiones relativas a la estética y al arte entre las culturas prehispánicas. En su libro El arte o de la monstruosidad, en el último ensayo que precisamente da nombre al texto, reflexiona el shock occidental ante las figuras “monstruosas” que representaban a ciertas deidades. Dicho shock se encargó de negar, de entrada, que estas representaciones no eran objetos artísticos, sino todo lo contrario: herejes. La idea occidental del arte se asociaba frecuentemente con lo bello, sin pensar en otras categorías estéticas. Y lo bello se asociaba con el bien. La idea de belleza era la clásica griega: perfección, simetría, consonancia.

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En estos días, en las redes sociales, algunos usuarios discutieron brevemente eso que se llama periodismo cultural. La discusión está contextualizada en un foro sobre periodismo cultural en Chiapas que se llevará a cabo en breve en Tuxtla Gutiérrez. El iniciador de la discusión hacía referencia a que el periodista cultural, por estar íntimamente relacionado con las artes, terminaba por creerse artista. La confusión que encuentro es que a veces se suele asociar la cultura con las artes. Esta idea era común en el siglo XIX en Occidente. De aquí viene precisamente la distinción entre bellas artes y cultura popular. Quienes cultivaban las famosas bellas artes era la “gente culta”, generalmente pertenecientes a la burguesía industrial: eran ellos quienes dedicaban su tiempo libre, es decir, todo su tiempo, a “cultivarse”. Los demás no tenían nada más que trabajar. La idea de la cultura occidental, ésta que he dicho, se trasladó a la América Latina donde aun hoy suele reproducirse.


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lunes, 16 de mayo de 2011

Dos


Zapping
Dos
Vladimir González Roblero

Hace días tuve la oportunidad de asistir a algunos de los eventos del festival artístico Tumguy, que organizaron alumnos de la licenciatura en Gestión y Promoción de las Artes de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. Llamó mi atención, particularmente, la presentación de obras de cine experimental “Memorias del diafragma”. Al finalizar, un alumno, Magno, que participó en el curso en el cual se trabajaron los cortometrajes, pidió mi opinión. Independientemente de lo que sé o no sé de cine, le dije que cuando alguien decide presentar su trabajo al público se expone a la crítica. A mí me pareció que buena parte de lo que vi eran ejercicios escolares y que, como tales, valían la pena pues los alumnos, quiero suponer, al menos aprendieron, grosso modo,  el proceso de creación cinematográfica, desde la concepción de la obra de cine hasta su presentación al público. Sin olvidar el contexto de dichas obras, ni sus pretensiones, vi cosas tan dispares como lo son sus creadores. Por ejemplo, una de las obras era del profesor del curso, quien además, según se dijo, estaba en Lisboa, Portugal, presentando su material que acabábamos de ver. Ante ese trabajo los otros no tenían nada qué hacer. En ese sentido, le dije, se evidencia las carencias de quienes seguramente apenas se inician en esto de la cinematografía.

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Varios años atrás, cuando el canal 10 local, el del Sistema Chiapaneco de Radio, Televisión y Cinematografía (hablando de estas cosas y de lo que nada tienen qué hacer), comenzaba a impulsar sus producciones locales, alguien de mis amistades, no recuerdo quién, trataba de justificar la pobreza de los programas locales que transmitía el 10. Entre sus argumentos había algunos con los que estaba de acuerdo. En algún momento el canal echó mano de algunas figuras que gozaban de buena salud en esas ondas de la intelectualidad. Esos programas, mesas redondas, noticiarios de corte cultural, y otras cosas, valían la pena. No era su producción ni su despliegue de tecnología, sino sus contenidos. Otros argumentos, a mi entender, no se sostenían. Uno de ellos era que no había otra televisora local con producción propia, y si acaso el canal 5, el otro canal local, se atrevía a hacerlo, en realidad era de menor calidad que la que presentaba el 10. Sucede que cuando cualquiera de nosotros prende la tele busca lo que le parece más atractivo. En la pantalla todo vale lo mismo. En esos años, como lo sigue siendo ahora, los canales de televisión abierta eran, para muchos, las únicas opciones. El canal 10, y el 5, no competían entre sí para ganarse la audiencia. Competían, como ahora, con Televisa y Tv Azteca. ¿Por qué? Tan sencillo: si no me gusta le cambio. Los canales locales nada, o muy poco, tenían qué hacer.

*
Cuando estudiaba la universidad mi profesor de periodismo, Sarelly Martínez, nos decía, entre otras muchas cosas, que el periodista publica sus errores. Una nota mal redactada, sin estructura ni lenguaje periodísticos, o con faltas de ortografía, está expuesta a la crítica. A pesar de que ahora los diarios locales tienen correctores de texto, los errores se cuelan ante la vista viciada de la media noche. Lo podemos constatar si echamos un vistazo a cualquiera de ellos. En alguna ocasión un periódico tituló en su contraportada, cito de memoria: “¡Volca autobús!”
            Al tenor de lo que he dicho, entiendo que más de uno esté, ahora, señalando mis errores. Así es esto.

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viernes, 6 de mayo de 2011

Uno


Zapping
Uno
Vladimir González Roblero

No soy fotógrafo, tengo que decirlo.
            Hace unos días recuperé un rollo fotográfico que pensé había extraviado. Lo utilicé hace poco más de un año cuando Talita estaba embarazada. Tomé retratos de ella, a unos cuantos días de que Emilio naciera. Desempolvé la cámara réflex que utilizaba en la universidad y en mis primeros intentos de hacer periodismo. Nos fuimos a Joyyo Mayu, en la tardecita, por aquello de la luz. Hicimos las fotos. Después se vinieron las desveladas, la mamila cada tres horas y esas cosas. Olvidé por completo el rollo.
            Lo encontré en un viejo estuche de la cámara, empolvado, junto con otros que no utilicé. Una tarde fuimos a la plaza a hacer algunas compras, y lo metí entre mis cosas. Antes de hacer las compras, de entrar al súper y demás, lo dejé en una tienda fotográfica y pedí el revelado. Entré a la tienda y no dejaba de pensar en las fotos, en la sensación de sala de espera de hospital. Me asaltaba la idea de los tiempos que nos han tocado vivir, que rápida e ineluctablemente se han transformado.
            Hace apenas algunos años era tan común ir a que nos revelaran los rollos y esperar un par de horas para ver las fotos. Fotos que habíamos tomado un mes antes, o quizá más. Los rollos de 36 exposiciones no se terminaban rápido, y muchas veces lo quemábamos en tomas insulsas, y otras, otros, esperaban a que hubiera una buena imagen, a que valiera la pena hacer click y disparar. La espera valía la pena. Ahora esa sensación hospitalaria (una sala triste, tensa, enfermeras corriendo, murmullos, desvelo, café: la tortura de la espera) ya muy pocos, en el ámbito de la fotografía, la experimentan. Las cámaras digitales, los teléfonos celulares, la webcam, han liberado a muchos de esa sensación. Basta un instante, un par de segundos, según la configuración del dispositivo, para ver la imagen que hemos tomado, decidir si vale la pena para dejarla en la memoria, o eliminarla definitivamente. Casi instantáneo el asunto.
            Ni qué decir de su distribución. La tecnología permite que las fotografías, o cualquier otra imagen, se difundan con rapidez en las redes sociales. En algún momento gozaron de muy buena salud el metroflog y los blogs, ahora disfrutan de ella facebook y twitter. No digo que la instantaneidad y las redes sociales construyan ahora circunstancias desfavorables, al contrario. Para el fotoperiodismo, por ejemplo, las redes, los medios digitales, son importantes para este ejercicio profesional.
            Quizá la circunstancia que me llevó a esta breve reflexión es especial… la ansiedad de ver las fotos del rollo que pensaba extraviado después de un año, me hizo recordar lo que, no hace mucho era tan común y que, de alguna manera, me hace experimentar la modernidad.  



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