miércoles, 15 de junio de 2011

Cuatro


Zapping
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Vladimir González Roblero

Hay quien dice que una suerte de política cultural ha existido por mucho tiempo. Si entendemos, grosso modo, que la política cultural es la intervención del Estado, con fines varios, en eso que llaman cultura o producción simbólica, podemos pensar en distintas circunstancias en que las formas simbólicas se han usado como recursos políticos o económicos.

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Hace algunos ayeres, en el 2008, seis habitantes de la localidad de Miguel Hidalgo, que alberga las ruinas arqueológicas de Chinkultik, fueron muertos por policías estatales. La razón: se manifestaban para beneficiarse de la zona arqueológica. El patrimonio cultural, en este caso, representa recurso económico para el Estado. Dicho patrimonio no es usufructuado por quienes se dicen sus herederos.  El acceso a la cultura representaba, también, recurso para los herederos. La política estatal al respecto, generalmente, ha sido resguardar las zonas arqueológicas, convertirlas en destinos turísticos a la par de fuente de información, y soslayar a los habitantes de las localidades que las albergan. ¿Y el acceso a su cultura? ¿Y la posibilidad de vivir de su cultura?

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Recientemente en los medios de comunicación de Chiapas, sobre todo aquellos estatales o públicos (cuyo uso, no está demás decirlo, no es público sino personal) se ha usado la Historia, una de las formas simbólicas, con fines políticos.  El torbellino ajusticiador que vivimos es el pretexto. El pasado es la memoria que, por execrable, no podemos olvidar. Es el pasado inmediato: represión, persecución, desatención. Eso dicen. Lo cierto que este pasado construye un futuro, el futuro político de quienes hoy lo rememoran. Esos mismos jilgueros del pasado, sin embargo, se remontan a la década de los 80: un pasado glorioso, épico, que vuelve a representarse a pesar del anquilosamiento que experimenta. No es nada nuevo, ni está fuera de lugar, pensar en los usos decentes e indecentes de la Historia.

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En épocas y lugares de crisis los Estados buscan fortalecer eso que llaman y consideran identidad. Cuando la guerra cristera, el Occidente de México representó un foco rojo para la “estabilidad” de México. Una de las políticas para sanar las heridas, apaciguar los ánimos, fue difundir elementos culturales de la zona y hacerlas símbolos de lo nacional. El mariachi, el tequila y el pozole no han sido, de a gratis, lo que, aun se empeñan en decir en el canal de las estrellas, nos identifica como mexicanos. Y ni se diga del rebaño sagrado, las famosas chivas rayadas del Guadalajara, que se ha vendido como el equipo más mexicano, donde puros de aquí juegan. De este modo repellaron las paredes agrietadas que se presentaban en Jalisco, Guanajuato y circunvecinos.   

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Alguna vez alguien criticó a escritores y fanzineros que pedían becas estatales para escribir. El ejercicio literario de algunos de ellos, decían, no debía ser contaminado por el dinero del Estado, pues comprometía su libertad creativa. Guillermo Fadanelli, sobre el tema, dice que él, a pesar de ser un escritor que algunos ubican en la llamada “literatura basura”, hace cola para recibir su beca y escribir sus indecencias.   


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