lunes, 6 de enero de 2014

La lectura como práctica histórica

Zapping
  • La lectura como práctica histórica
Vladimir González Roblero

Uno
Las plazas públicas se convirtieron, hace muchos años, en espacios para prácticas de lectura. Los juglares y trovadores lo atestiguan. Era en las plazas a donde acudían a cantar o contar historias. También eran utilizadas por los enviados de las autoridades para dar lectura pública a mandatos.
            La lectura en plazas públicas es un ejemplo para mirar el acto de leer como una práctica histórica. Al reflexionarla así entendemos que, de cierto modo, todos somos lectores. Nos hemos involucrado con distintas formas de leer. Al mismo tiempo, estas formas están condicionadas por los contextos históricos en las que se producen.
            Pienso en las prácticas de lectura antes de la invención de la imprenta o el uso de técnicas para la impresión, en distintos soportes, del alfabeto. La pregunta es quiénes sabían leer. La lectura en voz alta era la forma de transmitir lo plasmado. Como en las plazas públicas. Leer lo impreso, como hasta nuestros días sucede, indica, además, la universalización de la lectura. Una práctica que se reduce a lo que comúnmente llamamos saber leer, es excluyente pues no mira los contextos históricos y sociales en los que aparece. ¿Qué sucede, por ejemplo, con los pueblos ágrafos? Imponerles el alfabeto es un modo de universalizar una práctica en detrimento de las propias. Incluso la universalización es una práctica histórica. Paradoja.

Dos
Es lugar común: vivimos la era de la tecnología de la información y la comunicación. La imagen, lo visual, se impone sobre lo escrito. El cine, la televisión, el Internet, imponen formas de leer. No hablo en el sentido de leer la imagen. Me refiero a la información, las historias, que los mass media transmiten. Éstos se convierten en sucedáneos de otras prácticas antiquísimas. La comunicación societaria deviene práctica de lectura: las noches del abuelo reproduciendo en epopeya la historia de la familia, la de la comunidad de la cual fue colono fundador; los profesores contando leyendas y la historia patria; las tertulias en cafés literarios o la casa del vecino. En todas ellas se cuentan historias a veces contenidas en libros a veces sólo en la memoria del que habla. La tele, el cine, la radio y la Internet hacen lo mismo. Nos cuentan las historias que pudimos haber leído en libros o periódicos. Soportes que posibilitan una práctica de lectura como si de libro o periódico se tratara. La cuestión es comprenderlas en estos contextos, históricos pues, como una resignificación del acto de leer.

Tres
Si las prácticas de lecturas son históricas, cambiantes y variopintas, los lectores también lo somos. Otra vez el lugar común: al leer una novela o contemplar una obra de arte, el lector puede hacer su propia lectura. Pero los lectores no somos universales. Somos sujetos históricos. Los contextos construidos en tiempo y lugar determinados condicionan nuestras lecturas. A pesar de nuestra creencia de que cada quien lee o interpreta lo que quiere, dicha interpretación está condicionada por estructuras históricas, sociales y culturales, en las que vivimos. La escuela, la familia, la religión y los medios de comunicación construyen el gusto y condicionan la interpretación. Schopenhauer decía que el ser humano está sujeto a su volición. Nada de libertades.
            Además, el lector, independientemente de sus prácticas de lectura, es sujeto también de los autores y de los editores. Una cosa, por ejemplo, es el texto y otra el libro. Hay autores que piensan en sus lectores, cuyo acto poético está condicionado por el ciclo mimético, es decir, por la lectura. Hay editores que conciben al libro como un producto para el consumo cultural. Deciden el tipo de letras, el formato del libro, los paratextos y demás. Lo hacen en función de un lector hijo de su tiempo.

Cuatro
Leí el cuento “El dandy Pérez” en una cantina. No me dieron el libro ni me senté a leer. No. El dueño de la cantina “El ché garufas” era Ulises Mandujano Nájera, escritor, autor del volumen de cuentos Don Cenizo y doce más. Era un cantinero que de cuando en cuando se sentaba a la mesa con sus clientes, departía con ellos, contaba sus cuentos. Era un auténtico cuentero. Una noche nos contó la historia del Dandy Pérez. Todos reímos a carcajadas. Quién sabe si era estrategia, pero esa noche muchos compramos ejemplares de su libro con tal de volver a leer la historia. Experimentamos ahí una práctica de lectura. Histórica, claro.

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