lunes, 12 de diciembre de 2016

Rock, memoria y juventud

Zapping
·      Rock, memoria y juventud
Vladimir González Roblero

Uno
Hace unos días, el sábado 3 de diciembre, los compas de Ojo insomne, gestores culturales, realizaron el conversatorio “30 años de metal en Chiapas”. Invitaron a metaleros locales de la escena de los 80 y 90. Entre ellos a Daniel Trejo, Marco Velázquez, Carlos Pablo Gallegos, Daniel Cruz, Erika Esponda y a mí como moderador. Recordamos aquellas tocadas emblemáticas en los años de 1980, como la de Luzbel en San Cristóbal; los inicios de grupos locales como Damage en esa misma década, así como los circuitos de distribución y los claroscuros de entonces a la fecha.
            Tiempos actuales, en los que todo es post, la derecha asciende y los milenials indican la ruta ante el desmoronamiento de las utopías, la nostalgia floreció como recurso de los gestores culturales y el lugar, un bar en el oriente de la ciudad, se llenó.

Dos
Los estudiosos de las tribus urbanas y las culturas juveniles, a la saga de sus gurús franceses, dicen que la juventud es una construcción social. El tiempo biológico, ese que se muestra a través de las canas y la flacidez, no es medida para llamarse joven. El guitarrista de Café Tacuba, Joselo, en su columna Crocknicas Marcianas, lo dijo de otro modo: “Si alguien tiene la culpa son los chavitos que se visten como yo, como ancianos”.
            A estos ancianos que se visten como jóvenes, según los parámetros actuales, les llaman chavorrucos y chavarrucas (Fox cuasi dixit). Lo cierto es que, a pesar de que las modas son sinónimo de lo efímero, los gustos son estructuras de larga duración. Éstas tienden a desparecer con las generaciones y se adpatan, aquí la estructura, a través de un proceso de transmisión cultural.

Tres
Ese día cayó un aguacero en Tuxtla de los conejos. Debió haber sido una tarde de agosto de 1994. La insurrección neozapatista había cimbrado al mundo entero. En Chiapas Eduardo Robledo Rincón se postulaba a la gubernatura, que ganó en medio de acusaciones de fraude. Hubo de renunciarla. Como acto de campaña se organizó una tocada. Vino El Tri y el concierto lo abrió Brutal Lulú.
            El estadio zoque estuvo a reventar. La banda trisolera que abarrató el lugar estaba atenta ya que, provincianos pues, en estos lugares entonces no había espectáculos masivos… hasta el EZLN. Alex Lora, vocalista y dueño de El Tri anunció, ya en tarima, la rola Agua mi niño, de uno de sus discos emblemáticos. Apenas comenzaron los acordes se soltó un aguacero épico, como el concierto mismo.

Cuatro
En la memoria quedó registrado ese concierto. Habrá que sumarle el que recientemente ofreció Panteón Rococó en la feria. Llegamos pasandito de las 10 de la noche a la explanada pero una pantalla anunciaba que se llevaría a cabo en el Foro Chiapas, antes Lienzo Charro. A la entrada, un policía nos sacó de la fila y nos llevó a donde después supusimos era la zona VIP. “Por seguridad de los niños, éstos deben permanecer aquí, acompañados de un par de adultos”, dijo al momento que señalaba el lugar, a un costado del escenario.
            El sonido era de lo peor. Aquello estaba lleno de chavorruques con sus hijes (¡gulp!). En el ruedo y en tribunas los rockers bailaban slam; los que estábamos de este lado tiramos polilla, literalmente.
            No miento si digo que se inscribirá en la memoria de chicos y grandes. Festín para historiadores.

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martes, 17 de mayo de 2016

Arte, creación y política

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  •  Arte, creación y política

Vladimir González Roblero

Uno
Ciertas corrientes de pensamiento recuperan la pregunta ¿qué es el arte? Algunos dicen que dicha pregunta es eurocéntrica; otros que el arte ya no es obra, sino experiencia; los hay quienes, desde lo que llaman descolonización del pensamiento, asumen que en todos los pueblos hay manifestaciones creativas, no necesariamente artísticas si las pensamos al modo del arte occidental.
            La pregunta no deja de ser pertinente porque desde ella se construyen políticas culturales, lo que sugiere, entonces, que el problema del arte (en tanto preguntamos qué es) no es estético sino social.

Dos
En días pasados, el Instituto Tuxtleco de Arte y Cultura realizó la sexta edición de Escapararte, un festival que tiene como intención llevar el arte a las calles. En esta ocasión se realizaron, según sus organizadores, 106 intervenciones artísticas y culturales en distintos puntos de la ciudad, bajo el eslogan (hashtag en redes sociales) “Haz que suceda” (agregue usted el gatito #). Actividad encomiable en la que subyace la pregunta inicial.
            Una de las intenciones del festival, decía, es “llevar el arte a las calles”. Si revisamos el programa, encontramos música, artes visuales, teatro, danza, literatura, cine… es decir, aquello que cae en el supuesto del arte occidental. Claro, esas manifestaciones artísticas se hallan en sus recintos: el museo como paradigma de la contemplación; galerías y espacios culturales independientes, que albergan a los artistas emergentes; espacios de formación artística como universidades y talleres; salas de cine que condicionan la experiencia estética. Desde este supuesto el arte no está en la calle.

Tres
La historia del arte se ha construido desde los parámetros de la historia universal; la artesanía, el arte popular y otras manifestaciones de la capacidad creativa de los seres humanos, no encajan en su relato. De hecho han sido consideradas artes menores. Incluso hay quienes dicen, por ejemplo, que no existe tal cosa llamada “arte prehispánico” y que tampoco eso que ahora llaman “literatura indígena”.
            El arte es resultado de una capacidad humana: crear. La imaginación creadora está presente en todas las culturas. Algunas de ellas, sin embargo, han considerado al arte como único producto de dicha capacidad. Si se permite la analogía, es del mismo modo como la ciencia se ha impuesto como conocimiento universal. Es un discurso de dominación.
            Así llegamos a la idea de que el arte que no está en la calle es el que encaja en el viejo relato historiográfico. El mismo que reproduce las instituciones. Otro arte, es decir, aquello que resulta de la creación, ha estado ahí o al menos fuera de los espacios destinados a la contemplación.
           
Cuatro
Lo preocupante, más allá de aburridas discusiones académicas, es asumir que los artistas son dueños legítimos de la capacidad creadora. Lo anterior conlleva el diseño de una política cultural carismática. En ella las intervenciones del Estado en el campo artístico se orientan solamente a quienes se han legitimado como artistas.
El problema en torno a la pregunta ¿qué es el arte? ya no es estético, sino social. La distribución de recursos económicos o de otra índole, destinados a la promoción cultural, beneficia principalmente a los artistas en menoscabo de quienes cuya propuesta creativa no se halla en los recintos consagrados a la contemplación.

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martes, 5 de abril de 2016

Arte, cultura y agenda


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·      Arte, cultura y agenda
Vladimir González Roblero

Uno
Escuché en una charla a Lucina Jiménez hablar de la gestión cultural y de sus posibilidades. Fue en la Facultad de Artes de la Unicach. Entre otras cosas, dijo que el arte y la cultura deben apostar por lo que ella definió como intersectorialidad. Palabras más, explicaba que los proyectos artísticos y culturales se tendrían que vincular con otros sectores sociales y construir, desde su trinchera, posibilidades para el desarrollo social, económico o político.
            En otra ocasión, en el Encuentro Nacional de Gestión Cultural celebrado en octubre pasado en Tlaquepaque, Jalisco, el economista colombiano Winston Manuel Licona dijo que pensar el arte y la cultura, desde la gestión cultural, requiere miradas de largo aliento. Lo ideal es inscribir proyectos en procesos sociales de amplio alcance.
            Dicho lo anterior, la gestión cultural deberá encabezar el desarrollo artístico y cultural en escenarios mucho más allá de la promoción y de actividades tan efímeras como presentaciones de libros, exposiciones, ciclos de cine, festivales, etcétera. Con ello, aunque peligroso, orientar propuestas creativas.

Dos
Dicen que los medios de comunicación fijan la agenda de discusión pública. Una agenda que se construye al servicio de discursos gubernamentales. Cuando debería discutirse, por ejemplo, los terribles casos de violación y misoginia de los mirreyes, algunos medios, viejos y nuevos, prefieren re-victimizar. Invisibilizan la violencia de género. Una agenda ciudadana, a través de organizaciones feministas, pide la alerta de género y sostiene la discusión en lo público.
            Lo enunciado en esa agenda resuena en el arte. Hace días pude escuchar al dueto Makila 69. Integrado por Nidia Barajas y El Alas Blisset, estos norteños (ella de Tijuana; él de Ciudad Juárez) sostienen en sus letras y actos performativos un discurso social. En especial me gustó su rola “Yo no nací para pobre”. Dice en algún lado: “Yo no nací para pobre, ni dioses que me repriman. Los he visto aplastando los botones diciendo que una guerra es lo que el mundo necesita”. En otro: “Yo no nací para pobre, ni para que me secuestres, ni para que me tortures, ni para que me violes, ni para que me asesines…” Aquí se puede escuchar: https://soundcloud.com/lamakila69

Tres
El México del siglo XX vio nacer y morir movimientos guerrilleros, contestatarios, opuestos al sistema. Los frentes de liberación nacional se vincularon primero a campesinos y después a indígenas. Muchos de sus integrantes fueron desaparecidos.
            Tributo a todos ellos lo ha tratado de hacer el baterista de Botellita de Jérez, en su versión solista. El Mastuerzo, así le dicen, no sólo ha dedicado proyectos musicales y culturales a los desaparecidos, sino a todos aquellos sectores sociales emergentes que han pulverizado para bien el entramado social. Uno, dos, tres, por mí, por ti y por todos: desaparecidos políticos de México y el mundo, Tributo a la otra kanción popular mexicana-Rolópera en seis movimientos o El mastuerzo y los jijos del maíz atestiguan.
           
Cuatro
Me entusiasma saber de alumnos universitarios que proponen proyectos culturales y artísticos vinculados a agendas ciudadanas. Proyectos que no acaparan reflectores. Algunos de ellos, quizá, padecen ahora de lo efímero en tanto se ejecutan como ejercicios escolares, pero se inscriben en procesos y discursos que vienen y van lejos.
            Estos proyectos se relacionan con la promoción de los derechos humanos, identidades locales y emergentes, feminismos, violencia de género, cultura de paz.
Sobrevivirán al blof.
           
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miércoles, 9 de marzo de 2016



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  • El pasado, tierra de todos

Vladimir González Roblero

La historia como novela o la novela como historia. La frase describe los ejercicios narrativos en Chiapas. El siglo XIX marcó el inicio de la historia literaria en esta entidad. Desde entonces la ficción ha mirado la historia local. La recurrencia de hechos históricos ha servido de caldo de cultivo para los escritores. Lo fueron las rebeliones indígenas, las luchas de los grupos de poder, la Revolución y sus reacciones: el conflicto social.
            Una de esas recurrencias es la que muestra Amín Miceli en Tierra de nadie: la construcción de presas hidroeléctricas. En una entrevista concedida al periódico El Financiero, en su edición del viernes 2 de octubre de 2009, Miceli dice al respecto:
“La novela narra los varios enfrentamientos intestinos que se daban entre los habitantes del pueblo a favor o en contra de la primera escuela, entre católicos y resucitados, entre morenos y enfermos del mal de pinto. Y, al final, el enfrentamiento por la construcción de la presa entre ribereños y fuereños. Como sea todos vivían en pésimas condiciones: eran jornaleros y campesinos pobres”.
Tierra de nadie, que el autor ha decidido reeditar en el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, relata la construcción de la presa hidroeléctrica Nezahualcóyotl, misma que inundó las tierras de Malpaso y Quechula. La novela no es una isla en el concierto literario local. Otras también han recurrido a acontecimientos similares. Lo hizo Heberto Morales Constantino en Yucundo, lamento por una ribera y Alfredo Palacios Espinosa en Los malos presagios.
Una de las virtudes de la novela, dice Héctor Cortés Mandujano en una de sus primeras ediciones, es que en ella la narración “es cruda en general y muy cruda en capítulos”.
Agrega:
“(En Tierra de nadie) la imagen inicial de sus pobladores no es idílica, no es edénica. No se narra la lucha de buenos contra malos. La maldad existe en los dos bandos. Allí, en el territorio que ahora pertenece a las aguas, habitaban seres humanos de moral sombría, (…) almas al borde del vicio, cuerpos empantanados en el placer que no hace distingos”.
La acción del Estado mexicano, construir presas hidroeléctricas en Chiapas, significó el despojo de tierras; también despojo de memoria. Este pasado, escasamente recuperado por la historiografía local, pervive en la memoria de esos pueblos. Lo que ha hecho la literatura es traerlos a la memoria y plasmarlos en la ficción. Cosa nada fácil.
Amín Miceli, además de escritor, es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana y actualmente profesor-investigador en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. No es de extrañar que haya hecho un arduo trabajo de investigación para recuperar testimonios, anécdotas, procesos históricos al respecto. Y es que en estas tierras los escritores son a la vez historiadores.
El trabajo de Miceli, investigador y creador, narrador de tajo, se plasma en esta su segunda novela (había publicado ya Shalo, la generala), donde el pasado es tierra de todos.

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