miércoles, 9 de marzo de 2016



Zapping
  • El pasado, tierra de todos

Vladimir González Roblero

La historia como novela o la novela como historia. La frase describe los ejercicios narrativos en Chiapas. El siglo XIX marcó el inicio de la historia literaria en esta entidad. Desde entonces la ficción ha mirado la historia local. La recurrencia de hechos históricos ha servido de caldo de cultivo para los escritores. Lo fueron las rebeliones indígenas, las luchas de los grupos de poder, la Revolución y sus reacciones: el conflicto social.
            Una de esas recurrencias es la que muestra Amín Miceli en Tierra de nadie: la construcción de presas hidroeléctricas. En una entrevista concedida al periódico El Financiero, en su edición del viernes 2 de octubre de 2009, Miceli dice al respecto:
“La novela narra los varios enfrentamientos intestinos que se daban entre los habitantes del pueblo a favor o en contra de la primera escuela, entre católicos y resucitados, entre morenos y enfermos del mal de pinto. Y, al final, el enfrentamiento por la construcción de la presa entre ribereños y fuereños. Como sea todos vivían en pésimas condiciones: eran jornaleros y campesinos pobres”.
Tierra de nadie, que el autor ha decidido reeditar en el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes de Chiapas, relata la construcción de la presa hidroeléctrica Nezahualcóyotl, misma que inundó las tierras de Malpaso y Quechula. La novela no es una isla en el concierto literario local. Otras también han recurrido a acontecimientos similares. Lo hizo Heberto Morales Constantino en Yucundo, lamento por una ribera y Alfredo Palacios Espinosa en Los malos presagios.
Una de las virtudes de la novela, dice Héctor Cortés Mandujano en una de sus primeras ediciones, es que en ella la narración “es cruda en general y muy cruda en capítulos”.
Agrega:
“(En Tierra de nadie) la imagen inicial de sus pobladores no es idílica, no es edénica. No se narra la lucha de buenos contra malos. La maldad existe en los dos bandos. Allí, en el territorio que ahora pertenece a las aguas, habitaban seres humanos de moral sombría, (…) almas al borde del vicio, cuerpos empantanados en el placer que no hace distingos”.
La acción del Estado mexicano, construir presas hidroeléctricas en Chiapas, significó el despojo de tierras; también despojo de memoria. Este pasado, escasamente recuperado por la historiografía local, pervive en la memoria de esos pueblos. Lo que ha hecho la literatura es traerlos a la memoria y plasmarlos en la ficción. Cosa nada fácil.
Amín Miceli, además de escritor, es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana y actualmente profesor-investigador en la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas. No es de extrañar que haya hecho un arduo trabajo de investigación para recuperar testimonios, anécdotas, procesos históricos al respecto. Y es que en estas tierras los escritores son a la vez historiadores.
El trabajo de Miceli, investigador y creador, narrador de tajo, se plasma en esta su segunda novela (había publicado ya Shalo, la generala), donde el pasado es tierra de todos.

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