Zapping
- · Cine, orquesta, espectáculo y cultura
Vladimir
González Roblero
Uno
El hit del
momento en el ámbito cultural promovido desde el Consejo Estatal para las
Culturas y las Artes (Coneculta-Chiapas) es el espectáculo Cinema Sinfónico. Se
trata de un concierto de la Orquesta Sinfónica de Chiapas en donde interpreta
los soundtracks de algunas películas
taquilleras norteamericanas. El concierto tiene un importante atractivo visual
pues combina la adaptación de algunos pasajes de las pelis con actores en escenario y un espectáculo multimedia; incluye
la presentación de escenas de las películas en una pantalla gigante.
De suyo la idea es atractiva. Pero
el análisis puede moverse a otros escenarios. Uno de ellos se refiere a los
modelos de gestión cultural. George Yúdice, en un excelente libro, El recurso de la cultura, plantea que la
cultura en los países capitalistas, sobre todo, ha pasado de ser un recurso
para la construcción de identidades nacionales a un recurso para el crecimiento
económico.
Cinema sinfónico, espectáculo porque no es otra cosa, está concebido
bajo una lógica de mercado. Este modelo neoliberal privilegia el beneficio
económico. Ha resultado taquillero. En las ocho presentaciones, al menos así lo
dijo el director del Coneculta, Juan Carlos Cal y Mayor, se ha llenado la sala
del teatro. El éxito es incuestionable. La pregunta es si este modelo se
impondrá en la errática política cultural chiapaneca.
Dos
Tercera llamada
y el telón subió.
En pantalla gigante se proyectan algunas escenas de pelis, y de fondo, delatan las sombras, los músicos interpretan el soundtrack. Al subir la pantalla-telón
los músicos interpretan: se lucen frente al público apiñado con un primer tracklist que deja a más de uno sin
aliento. Al final el aplauso sostenido. Después de la salutación de rigor, otra
vez la música, la pantalla, ahora humo y un par de actores salen a escena. Así
está planeado. El espectáculo escénico alcanza clímax cuando los personajes de Star
wars literalmente abandonan el escenario para pelear entre las butacas. En
los pasillos se encuentra el mandamás de Coneculta, a quien le toca un láser de
Darth Vader. Cómo no lo desintegra, pensó más de uno.
-¿Ya viste quién está ahí? ¡Es
Marco! –comenta una jovencita, fresa por su modo de hablar.
-¡Sí, es Marco! –contesta su
acompañante.
¡Marcooooo!, gritan las dos y
aplauden como si de artista de telenovela se tratara. Marco voltea y guiña.
Domina el escenario y a sus fans espontáneas.
Al final muchos personajes esperan
al público que de a poco abandona la sala. Es la hora de la foto. Niños, sobre todo, jóvenes y quizá
algún chavorruco esperan turno para
colocarse de lado de su personaje favorito. Esperan que su acompañante prepare
el celular, active el obturador de la cámara, busque la función share y la comparta al instante en redes
sociales. Para el feis.
Negocio redondo podría ser para el
sindicato de fotógrafos. Nadie les avisó del show.
Tres
Con Lucina
Jiménez, gestora cultural mexicana, conocí, a través de uno de sus libros, Políticas culturales en transición, el
concepto de estéticas mediáticas. En uno de sus capítulos analiza el consumo
cultural de los jóvenes de la ciudad de México. Encuentra que la radio es el
principal promotor cultural. El romance, echar
la reja dirán en Guanajuato, es propiciado con Los tigres del norte o los Ángeles
azules. Dicen que en la mesa del rincón…
¿Por qué la sala del teatro de la ciudad se ha abarrotado? No es porque de
repente nos hayamos dado cuenta que en estos lares apreciamos la música de una
orquesta sinfónica. Más bien, me parece, porque estamos formados como públicos
de los massmedia. Participamos
decididamente en la cultura de masas. Los comunicólogos y otros, moneda común,
han observado que nuestros gustos están moldeados por la tele y otros medios. Si disfrutamos de alguna experiencia estética
es a través de las telenovelas, la radio (consola) y el cine de jolivud. Toleramos espectáculos
escénicos como éstos; en otras circunstancias la apatía ocuparía las butacas
del espacio que, en ocasiones, se ha usado como set fotográfico de la directora en turno.
Cuatro
El soundrack de
la película, escenas de la misma en la pantalla y actores escalando la cuarta pared conforman un espectáculo
redundante. Sobreproducción de sentido o sobre argumentación.
Sucede en publicidad que, cuando las imágenes acentúan en exceso el
mensaje, éste se pierde. En la sala de teatro-cine al final, a pesar de los
aplausos, el tedio me asalta. El sentido, paradójico, se pierde.
El exceso de sentido amenaza con un crecimiento exponencial. Al final
del espectáculo anuncian más presentaciones.
El circo se va de gira.
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