Zapping
- Vida y literatura
Vladimir González Roblero
Uno
La vida, los libros:
contenido y continente. Dicen los promotores de la lectura que el hábito se
adquiere cuando aprendemos a relacionar lo que leemos con nuestra vida. Debe
existir un vínculo emocional, reconocernos en el mundo a través del arte y la
literatura, dirán los estetas. Los espistemólogos, lecturas psicoanalíticas,
dicen que cuando escogemos temas lo hacemos porque algo de nosotros está insatisfecho
en eso que pretendemos conocer.
Lo cierto es que en un libro o en una obra de arte hay
dos mundos. El que se construye o está contenido en la obra misma.
Autorreferencial le llaman. Y el que existe fuera de esa obra, ese que se
entrecruza con el tiempo vivido, es decir, con el mundo del lector/espectador.
Esos dos mundos se afectan mutuamente. El acto de leer o mirar resignifica lo
leído o mirado. Es aquí donde esos mundos se hallan imbricados: el significado
de lo escrito deja de ser tal en tanto quien lo interpreta lo hace desde su
presente. El mundo vivido ya no es el mismo desde el momento en que se descubre
el mundo contenido en la obra.
Dos
Durante la década del año 2000 me
encontré con varios fanzineros en Tuxtla. El hallazgo fue fortuito. No sabía de
ellos hasta que comencé a editar un fanzine al que llamé Alipuz. Lo eché a la calle. Dialogó con otros fanzines y yo con
otros fanzineros. Uno de ellos, poeta, tiraba primero el Cineticomarginal y después otro al que llamó Popotito 22. Éste llegó a ser blog. Ahí leí, prosa poética,
tropical, sobre el colmoyote.
Cito un fragmento de “Tonalá según el club de Tobi”, de
Luis Daniel Pulido:
“En
Tonalá no hay selva, me queda claro. Hay mar y muchas negritas, camarones sin
cabeza, tortillas con un chingo de hoyos y secretarios de pesca.
“En
Tonalá los ventiladores despeinan al sol y las niñas buscan su reflejo en los
charquitos después de la lluvia.
“En
Tonalá uno dice -¡Ah, qué bonita mariposa!- pero te devuelven una película de
terror –No, se llama colmoyote y es el alma del abuelo muerto- ¡Gulp!”
Tres
Cuando hacía estudios de
posgrado realicé un viaje a la Selva Lacandona. Anduve varios días, con los
compañeros de clase, en zonas arqueológicas y recorriendo en lancha el río
Usumacinta.
De regreso a Tuxtla, con piquetes de zancudo o cualquier
otro mosco, reanudé la cotidianidad. Una tarde, en un restaurante, miraba cómo
uno de esos piquetes se había infectado. Supuraba o al menos eso creía. Talita
decidió extirpar el absceso: de esa roncha salió un gusano que a cada rato se
asomaba a respirar.
Era un colmoyote.
Según
información de la red, el colmoyote también se conoce como dermatobia hominis. Se trata de una mosca que deposita sus
huevecillos en zancudos u otros vectores, mismos que después, al picar a un ser
humano, los deja en la piel. El milagro de la vida ocurre.
En el hospital el médico me extrajo un par de ellos más
de la espalda, y con un bisturí sacó otro del brazo. Después el especialista me
dio un desparasitante para vacas. A los pocos días apareció muerto el que
faltaba.
Cuatro
Carlos Montemayor, en su
novela La fuga, cuenta el escape de
un guerrillero de las Islas Marías. La novela transcurre en el tiempo corto: la
prisión, la balsa, el mar, las costas de Nayarit, el peregrinar hacia Sinaloa y
el camino hacia la frontera. El recuerdo siempre de Ciudad Madera, asalto al
cuartel militar, la guerrilla mexicana.
A medio caballo entre la historia y la ficción, la novela
tiene como personaje central, literario y real, a Ramón Mendoza, guerrillero, y
a otro apodado Mono Blanco. La camaradería, construida a la sombra de la fuga y
la complicidad, se forja con historias y sus circunstancias:
“¿No
conoces los moyocuiles? Son unas larvas que crecen bajo la piel y que la van
levantando. No sé si la transmite un mosco o alguna alimaña, pero provoca mucha
comezón y la larva parece que respira por la punta de la elevación, así que
para matarla hay que poner alguna goma o resina en esa punta… Con la selva no
se juega”.
Entrecruzamientos,
mi vida y la literatura.
Mentas: vlatido@gmail.com
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tuiter: @vlatido
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