Zapping
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Cultura escrita en sus márgenes
Vladimir González
Roblero
Uno
Un tema al que
recurro ha sido el periodismo y la cultura. Hace no mucho tiempo, Daniel Trejo,
locutor y promotor del rock, me facilitó ejemplares del fanzine Rock’n’Chiapas.
Al tenerlos, volteé hacia atrás para mirar cómo el oficio de escribidor se ha
visto inmiscuido en prácticas culturales dentro y fuera de espacios
instituidos. Así atestiguamos tendencias y emergencias: al sistema que fagocita
la novedad, vaivenes entre el centro y la periferia.
Dos
¿Márgenes? En la
década de 1940, hacia su ocaso, existió en Chiapas una pequeña revista cultural
llamada Amanecer. Aparentemente fue
una de las primeras publicaciones culturales fuera del círculo del poder. Su
editora era Mercedes Camacho, entonces joven preparatoriana. No era auspiciada
por el gobierno del estado ni contaba con el padrinazgo de político alguno.
Podríamos pensarla como independiente.
Surgió en los márgenes. De a poco
los tentáculos de la élite cultural la sacaron de ahí. Las alusiones al Ateneo
de Ciencias y Artes de Chiapas y a sus integrantes se hicieron comunes. De
hecho, algunas de las firmas de Amanecer
después aparecerían en la revista Ateneo.
El esfuerzo de una joven chica por hacer periodismo se vio empañado por los
intelectuales orgánicos de la época.
Además, la revista Amanecer es uno de los primeros
ejercicios manifiestos de promoción cultural. Entre sus autorrepresentaciones
se denominaba “la revista cultural de Chiapas” y sus hacedores “promotores
culturales”. Aspiraciones desde la periferia.
Tres
Centro. El camino
de la independencia se vio eclipsado en los años posteriores. Las revistas
culturales más importantes nacieron bajo el cobijo del Estado. Fue el caso de Ateneo y Chiapas, referentes del periodismo cultural aldeano. En el seno del
Estado también se instituyeron las élites culturales. Ellas rápidamente
anquilosaron, desde la institucionalidad, el periodismo y la promoción
cultural.
Las revistas culturales, lo he dicho
en otro lado (Leer: https://goo.gl/Ybf2oo),
concibieron al arte y la cultura como recurso. Lo fue en el ámbito de la
promoción turística, como explícitamente lo hacía Chiapas. También se concibió para el consenso, como de
manera velada sucedía en Ateneo. A
pesar de su servilismo ninguna de ellas sobrevivió a la decadencia de su
mecenas, el gobernador Francisco José Grajales.
Varios
ateneístas se enquistaron en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas, el Icach,
fundado en la década de 1940. Su proyecto editorial mutó en la Revista Icach. Al menos sus creadores se
sintieron herederos. Así en 1959 aparece el primer número de la revista, que ha
vivido varias épocas hasta la década del año 2000. Esta tradición editorial permeó
en el Instituto Chiapaneco de Cultura, en la Universidad de Ciencias y Artes de
Chiapas y en el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes. La institución
como refugio.
Cuatro
Márgenes. Muchos
años después, en la década de 1980, irrumpió entre los tuxtlecos la cultura del
rock. Para entonces existían grupos locales y algunos de talla nacional
vinieron a tocar. Con ella también aparecieron nuevas estrategias viejas de
comunicación. Me refiero a los fanzines. Éstos se popularizaron entre las décadas
de 1990 y 2000 (Leer: https://goo.gl/ZSfUMa).
Hacia
finales de la década de 1980, sin embargo, se publicó quizá el primer fanzine
tuxtleco: Rock’n’Chiapas. Lo editaba José Luis Gómez Pérez, alias El Kiss. El
fanzine, es decir, revista hecha por aficionados, visibilizaba la emergencia
del rock local, sus grupos y tocadas, su ideología y estética.
Rock’n’Chiapas
era mecanografiado y se completaba a mano. Significó entonces una apuesta
distinta al periodismo local, como los fanzines posteriores también lo fueron.
Esta visión instituyente, creadora, lentamente ha caminado a la
institucionalidad. Al menos muchos fanzineros han pasado por la prensa escrita,
institución socialmente legitimada. De ahí a las editoriales independientes y a
las mieles de las redes sociales virtuales. Centro y periferia.
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@vlatido
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