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| Flor de limón |
Zapping
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El amor no es cosa humana
Por @Vlátido
Uno
Hace días le contaba a una amiga sobre mi intento fallido de
convertirme en jardinero. Sin embargo, le decía, sé que las plantas resultan terapéuticas,
sirven para curar el mal humor y otros chunches del alma. Cuando murió
Gorbachov, mi perro, sembré un limón en la jardinera. Nunca he esperado que ese
limón crezca y dé frutos. Cuando lo sembré, eché en el mismo hoyo las cenizas
del Gorba. A veces le hablo porque sé que él está ahí, atento, alegre, siempre
dispuesto a escuchar. Mi limón no crece, a veces se enferma. Cuando esto sucede
pienso que recoge mis malos ratos.
Después recordé un texto que escribí sobre Toto, otro perro que me acompañó en mis apenas
lejanos años de estudiante universitario, también a propósito de su muerte. Pensé
entonces en las relaciones parasociales, en aquel vínculo emocional que
establecemos con nuestras mascotas, con otros seres vivos, como las plantas, y
también con personajes de ficción, los de nuestras series favoritas, de las películas
entrañables, de las novelas preferidas.
Dos
Hace unos días encontré en las redes sociales una imagen en
la que un perrito se halla al lado de una chica mientras ésta se acicala al
espejo. El texto que acompaña a la imagen explica que las mascotas también se
enamoran de sus dueños. La razón es que el amor, dicen los amargados, no es más
que un proceso químico que ocurre en nuestra cabeza (y en la de nuestras
mascotas).
En casa
tenemos gatos y perros. Evoqué a dos de ellos al mirar la foto que les comento.
Cada vez que se sube a la cama, Lenin Chinaski, uno de mis perros, corre hacia
mí, se avienta para recostarse en mi pecho. Me pide abrazos y besos. No deja de
menear la cola mientras permanecemos en la misma habitación. Se vuelve
indiferente en mi ausencia.
José Pardo,
el gato, huye de mí nomás al verme. Solo me busca para pedir comida. Cuando no
es hora de sus alimentos, se refugia en los brazos de Emilio: duermen juntos,
posan para la selfie, se funden en tardes eternas.
Tres
Otras veces he dicho mi admiración por Jessica Jones, la
heroína de los comics de Marvel. No volveré más. Pero algo así sucede con
personajes como Henry Chinaski, el vago alcohólico de Bukowski. Por eso, adivinaron,
el segundo nombre de Lenin.
Otros personajes de ficción, artistas que
los encarnan, también son materiales oníricos y de utopías. Algunas veces este
enamoramiento sucede desde la adolescencia o juventud y continúa por largo
tiempo. La cosa es tal que algunos de ustedes conocerán cuartos tapizados de posters;
tatuajes en nefandas partes; defensas a ultranza frente a desbordadas críticas;
pijamas y otras tecnologías del sueño, la mercadotecnia y el amor. ¿A poco no?
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