Zapping
- Virgencita plis y otros casos de oxímoron
Vladimir González Roblero
Uno
El mundo ha cambiado. La tecnología de la
información y la comunicación lo ha convertido en una pequeña aldea. Global la
ha llamado Marshal MacLuhan. El fenómeno ahora es visible, mas no reciente. La
mundialización ha sido de larga duración. Uno de los momentos en esta historia
lo fue el descubrimiento de América. Su invención, considera O’Gorman. Era la
parte desconocida del planeta. Territorio ingente que asombró y puso en crisis
los sistemas de pensamiento rancios, cuyos senderos anunciaban la modernidad.
América
significó la expansión europea, ricos advenedizos, auge del capitalismo,
explotación y sueños de transposición de viejos sistemas sociales, en
extinción, pero que cual ave fénix renacieron en las nuevas tierras. América
hizo ver lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, el centro y la
periferia, lo excéntrico, lo artístico y lo artesanal.
Dos
El fenómeno de lo global, dice Néstor
García Canclini, tensa la relación de lo tradicional y lo moderno. Las
sociedades excluidas del desarrollo tecnológico, del mainstream, de
los polos económicos, son etiquetadas como folclóricas. Supone ese resquicio a
donde la modernidad no ha llegado. Lugar al que las políticas neoliberales
quieren transformar; espacio para románticos que acuden a él melancólicos, con
la idea de cierta pureza que impera conservar.
Tres
La tensión nada excluye. Lo nuevo y lo
viejo, lo popular y lo moderno coexisten. Así el mundo, nosotros, somos
hibridez, dice Canclini. Los híbridos no se reproducen, lo atajan. Uno absorbe
al otro en una relación dialéctica. Las industrias culturales resignifican lo
popular al grado de volverlo kitsch: Virgencita plis. Lo popular toma de la industria moderna sus técnicas para
posicionarse en el mercado; nuevas texturas y discursos experimentan el arte y
la artesanía, texturas y discursos prestados.
La
relación simbiótica se finca, entonces, entre lo utilitario y lo simbólico. La
condición de hibrides posibilita, por ejemplo, que lo artesanal y lo popular
devengan industrias, donde se pondera lo económico. El turismo, la música
ejemplifican. Al mismo tiempo, lo excluido como producto que circula en
mercados antaño vedados, lejos de corromper significa reafirmación de lo
simbólico. Un aparador de cualquier plaza comercial exhibe textiles mientras
los marchantes whasapean quitados de la pena. El centro está en todas partes:
la aldea es glocal.
Cuatro
Dicen los estetas que en las sociedades
prehispánicas no existió el arte. Su producción simbólica ceñíase al ámbito de
lo mítico, lo mágico o lo religioso. Esto era así porque dichos productos culturales
se cataban a la luz de la estética, triunfo de la filosofía occidental.
Tal idea ha
persistido. La artesanía quedó en el limbo de lo excéntrico. El híbrido que
armonizó la tensión entre lo moderno, es decir, lo estético, y lo tradicional,
es decir, lo mítico, lo mágico, lo religioso, fue el llamado arte popular. En él
se cumplen las condiciones contemplativa y utilitaria. ¿Ha visto usted la
juguetería tradicional en aeropuertos o terminales de autobuses? Esa misma que después
se enlistará en una colección particular, oxímoron, de un rico excéntrico.
El arte popular, si bien armoniza la tensión,
no la elimina. Como tampoco esta propuesta de Canclini: basta de mirar las
intersecciones del arte y la artesanía desde la estética sino como un fenómeno
sociocultural. Ambos bienes no son más que espacios de re-producción visual de
las sociedades que los engendran.
Cinco
Na’rimbo es un grupo de marimba
chiapaneco. Su peculiaridad radica en que la música tradicional, la marimba
chiapaneca, de la región del sur de México y Centroamérica, tienen un “tratamiento
jazzístico”. La música de marimba, símbolo de chiapanequidad, es resignificada
y puesta en la órbita de lo moderno, o de lo “popular contemporáneo”, gracias
al jazz. Se impone lo local sobre lo global. Otra vez el centro en todas
partes. ¡Ay sandunga!... las percusiones y un bajo muy marcado. No son ninguna
isla: Nambué nos recuerda otro caso
similar. El acto poético de la lengua chiapaneca y las guitarras eléctricas,
símbolo occidental.
El otro día hubo un
concierto (Lora dixit) en el, casi
extinto, Parque Morelos. Tocó, entre otros, un grupo de metal bien gruexo: riffs
agresivos, voz gutural, casi gore, pero
con una particularidad: en medio concierto se escuchan los acordes de una
marimba y sale, entre humo, un parachico bailando, su chinchina y montera. ¡Viva
san Sebastián, muchachos! El nombre del grupo lo dice todo: Turicuchi.
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