miércoles, 15 de enero de 2014

Virgencita plis y otros casos de oxímoron

Zapping

  •   Virgencita plis y otros casos de oxímoron


 Vladimir González Roblero

Uno
El mundo ha cambiado. La tecnología de la información y la comunicación lo ha convertido en una pequeña aldea. Global la ha llamado Marshal MacLuhan. El fenómeno ahora es visible, mas no reciente. La mundialización ha sido de larga duración. Uno de los momentos en esta historia lo fue el descubrimiento de América. Su invención, considera O’Gorman. Era la parte desconocida del planeta. Territorio ingente que asombró y puso en crisis los sistemas de pensamiento rancios, cuyos senderos anunciaban la modernidad.
            América significó la expansión europea, ricos advenedizos, auge del capitalismo, explotación y sueños de transposición de viejos sistemas sociales, en extinción, pero que cual ave fénix renacieron en las nuevas tierras. América hizo ver lo viejo y lo nuevo, lo tradicional y lo moderno, el centro y la periferia, lo excéntrico, lo artístico y lo artesanal.

Dos
El fenómeno de lo global, dice Néstor García Canclini, tensa la relación de lo tradicional y lo moderno. Las sociedades excluidas del desarrollo tecnológico, del mainstream, de los polos económicos, son etiquetadas como folclóricas. Supone ese resquicio a donde la modernidad no ha llegado. Lugar al que las políticas neoliberales quieren transformar; espacio para románticos que acuden a él melancólicos, con la idea de cierta pureza que impera conservar.

Tres
La tensión nada excluye. Lo nuevo y lo viejo, lo popular y lo moderno coexisten. Así el mundo, nosotros, somos hibridez, dice Canclini. Los híbridos no se reproducen, lo atajan. Uno absorbe al otro en una relación dialéctica. Las industrias culturales resignifican lo popular al grado de volverlo kitsch: Virgencita plis. Lo popular toma de la industria moderna sus técnicas para posicionarse en el mercado; nuevas texturas y discursos experimentan el arte y la artesanía, texturas y discursos prestados.
            La relación simbiótica se finca, entonces, entre lo utilitario y lo simbólico. La condición de hibrides posibilita, por ejemplo, que lo artesanal y lo popular devengan industrias, donde se pondera lo económico. El turismo, la música ejemplifican. Al mismo tiempo, lo excluido como producto que circula en mercados antaño vedados, lejos de corromper significa reafirmación de lo simbólico. Un aparador de cualquier plaza comercial exhibe textiles mientras los marchantes whasapean quitados de la pena. El centro está en todas partes: la aldea es glocal.

Cuatro
Dicen los estetas que en las sociedades prehispánicas no existió el arte. Su producción simbólica ceñíase al ámbito de lo mítico, lo mágico o lo religioso. Esto era así porque dichos productos culturales se cataban a la luz de la estética, triunfo de la filosofía occidental.
Tal idea ha persistido. La artesanía quedó en el limbo de lo excéntrico. El híbrido que armonizó la tensión entre lo moderno, es decir, lo estético, y lo tradicional, es decir, lo mítico, lo mágico, lo religioso, fue el llamado arte popular. En él se cumplen las condiciones contemplativa y utilitaria. ¿Ha visto usted la juguetería tradicional en aeropuertos o terminales de autobuses? Esa misma que después se enlistará en una colección particular, oxímoron, de un rico excéntrico.
 El arte popular, si bien armoniza la tensión, no la elimina. Como tampoco esta propuesta de Canclini: basta de mirar las intersecciones del arte y la artesanía desde la estética sino como un fenómeno sociocultural. Ambos bienes no son más que espacios de re-producción visual de las sociedades que los engendran.

Cinco
Na’rimbo es un grupo de marimba chiapaneco. Su peculiaridad radica en que la música tradicional, la marimba chiapaneca, de la región del sur de México y Centroamérica, tienen un “tratamiento jazzístico”. La música de marimba, símbolo de chiapanequidad, es resignificada y puesta en la órbita de lo moderno, o de lo “popular contemporáneo”, gracias al jazz. Se impone lo local sobre lo global. Otra vez el centro en todas partes. ¡Ay sandunga!... las percusiones y un bajo muy marcado. No son ninguna isla: Nambué nos recuerda otro caso similar. El acto poético de la lengua chiapaneca y las guitarras eléctricas, símbolo occidental.
El otro día hubo un concierto (Lora dixit) en el, casi extinto, Parque Morelos. Tocó, entre otros, un grupo de metal bien gruexo: riffs agresivos, voz gutural, casi gore, pero con una particularidad: en medio concierto se escuchan los acordes de una marimba y sale, entre humo, un parachico bailando, su chinchina y montera. ¡Viva san Sebastián, muchachos! El nombre del grupo lo dice todo: Turicuchi.   


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